De nuevo te despiertas y mientras regresas de manera involuntaria a tu aquí y ahora, tratas de aferrarte a ese sueño que te llega recurrentemente, como burlándose de ti o compadeciéndote, acercándote a lo que has perdido y que el destino sabe que no tendrás de regreso. Miras tu esfuerzo abatido, mezclado con la espesura de la oscuridad, oscuridad que también es dentro de ti. Tratas de buscar un porqué en el instante consecuente y sólo encuentras más preguntas y anhelos en comunión con el arrepentimiento y la desesperación.
Entonces te resistes y aprietas los parpados como si con ello pudieras anular también lo que está en tu mente. Una, dos, tres vueltas entre las sábanas que algún día fueron testigos de lo que parecía infinito. Evitas ese pensamiento, viene en automático la recapitulación del sueño en el que estabas y te parece más lacerante que lo anterior, entonces te preguntas porque no querías despertar de lo que ahora parece una pesadilla. Expiras profundamente como tratando de arrojar todo lo que te hace daño, no lo logras. Tomas un poco de fuerzas y apoyas tu espalda desnuda sobre el hielo de la cabecera y de la noche.
Miras por la ventana y esperas que el amanecer traiga la solución, al momento tomas del taburete tu reloj de pulsera, un par de giros entre tus manos y encuentras el botón que buscabas. Hace apenas dos horas y media que te acostaste. Te compadeces a ti mismo mientras las lágrimas se precipitan primero sobre tus mejillas, luego sobre tu pecho y terminan perdiéndose en la tela que cubre el resto de tu cuerpo.
Apenas levantas tu mano para limpiar tu rostro y piensas que la olvidarás pronto, que eres fuerte y saldrás adelante. Todo esto tratando de ocultar que ya son tres años sin ella y que cada una de las noches ha sido la misma historia.
Colaboración de J.C. Castro
México
