Se creyó que había muerto,
se escribió que desterrado
pasó sus días aquel varón,
cuyo título era: homicida,
para ser exactos, el primero
de la accidentada historia.
Según la férrea y estricta ley
implacable de la vida,
debió ser llamado a cuentas
como toda la estirpe humana.
Mas sin embargo un misterio
embarga mi alma curiosa.
¿Quién es entonces el autor
de tanto dolor causado?
Si el fratricida aquel ha muerto...
¿Quién suele derramar hoy
la sangre de sus hermanos?
Hay evidencias de su crueldad
por todas partes del mundo.
Durante las guerras mundiales
sació su sed de sangre
con la de millones.
En la Alemania de Hitler,
en los campos de exterminio
y disfrazado de nazi,
asesinó otros tantos miles,
inocentes todos por cierto.
En Vietnam,
donde su maldad ciega
no supo distinguir
entre soldados y civiles,
entre hombres y mujeres,
ni entre ancianos y niños,
solo los fue abatiendo
uno a uno,
allí en sus campos de arroz,
solo por hacer un buen negocio.
En toda Europa,
en Asia,
en África,
en América y Oceanía.
En todas partes del mundo
puede verse su terrible
y macabra huella.
Aunque se disfrace de mil maneras,
sus intenciones son
siempre las mismas,
aunque por supuesto
no se pueden mencionar
todas sus atrocidades,
solo cito algunas
de las más famosas.
Y no importa si se hace pasar
por nazi en Europa,
por la mortal peste negra en África,
por narcotráfico y corrupción
en Latinoamérica,
o si en Norteamérica
se oculta tras el camuflaje
del Tío Sam.
Y sale a invadir Irak,
Afganistán o Kuwait,
o si se queda a autoderribar
otra torre
para culpar a alguien más...
Siempre sospecharé que es él,
el mismo personaje asesino
que gusta de regar la tierra
con su propia sangre.
Colaboración de Rafael Gárate
México
