Esa luz que mi incredulidad opaca,
esas brazas que humeando pretenden el fuego de mi alma dormida y fría.
La voz quieta del aire,
el ruido dominante del mar y el canto
de un pájaro que incansable clama a la alegría y
a la felicidad.
La armoniosa lluvia que musical
desciende sobre los campos, y pinta de ternura
el día, mis sentimientos y las flores.
Este sentimiento dentro de mí
que no me deja morir, y hace que de este cuerpo
cansado ya casi rendido, ya casi olvidado.
De estas manos vacías que han olvidado
saludar con esmero.
Muy dentro de mí,
más lejos que mi corazón,
más profundo que mis sentimientos,
más hábil que la razón,
donde las palabras callan
Y el entusiasmo brota una flor.
Ahí donde he muerto tantas veces,
donde me he rendido,
donde he gritado, llorado desesperado,
por no saber que hacer;
ya sin manos y sin pies, sin razón
ni corazón, solo veneno en el
nido de mis entrañas.
Aún después del sufrimiento…
Aunque me haya acostado
en la cama fría de la soledad;
sombra, dolor y angustias.
Si tomé la copa amarga del rencor
y el odio, que enveneno mis venas contra
esta vida vacía que mi conciencia me ha dado;
prejuicios, miedos y cobardía.
En todo tiempo brilló una luz…
mi esperanza.
La esperanza que me ha regalado,
mi Jesús… Él encendió mis brazas, soportó mi carga,
estrechó mis manos, sacudió mi sueño,
abrió mis ojos, y puede ver la vida, con
nuevo empeño.
Colaboración de Naf-Neri
México
