Herencia de espiga florecida,
dorada como sol al alba.
Negra melaza en tu piel de tierra,
distribuiste el halago de mis adjetivos
en todo tu cuerpo sustantivo.
Reposaste tus laderas en la pilosa
almohada de mi pecho,
mientras en los ribetes del cuello
bebías con ansias sangre de breva.
Entre tus muslos de espadas,
hallé tu pubis de rizados tórtolos,
al hueco de tu ombligo
le plegué saliva de encías dulces,
enjambre urdido de mosto y
al envés de tu pecho,
en esa espalda de horizonte amplio
dejé las sales de olas marinas,
encerradas en los puños de mi infancia.
A tu pubis le heredé las últimas lágrimas
Y las flores que en tu infante desabrigo
habían florecido mínimas de pistilos.
En el camino al eco de tu cuello,
un hada de estío arpegiaba liras.
Escuché el reverdecer de tu voz
bajo el hueco de tu mentón,
el alimento del trigo esparcido con libertad,
mordiendo cada grano cual si fuese tu carne.
Te bebí la sangre como ese ancestral cáliz divino.
Precipitado ya era en tu embeleso,
cayendo en regreso a tu azul pubertad.
Colaboración de Ricardo Álvarez
Argentina
