Un día de estos levaré anclas, izaré las velas
y partiré proa al horizonte infinito.
Tú quedarás en la playa despidiéndome, ilusionada con mi pronto retorno,
y yo desde el puente de mando te corresponderé con el corazón estrujado,
las manos apretadas y la mente inundada por una sola idea:
¿por qué no te llevo conmigo?
Pero, es que no sería justo que me acompañaras,
porque yo mismo no sabré adónde me dirijo.
Simplemente pondré proa a la nada
en una loca aventura por alcanzar ese límite más allá del horizonte
con el que soñaba en la infancia cada vez que,
jugando en la arena, veía alejarse algún barco.
Envuelto en la misma misteriosa fascinación de entonces me iré,
¿adónde? ¿por qué? ¿para qué?, no sabré decirlo.
Sin medir consecuencias, como seducido por cantos de sirena, me iré.
Sin embargo, puedes estar segura que
cuando sólo pueda ver a mi alrededor agua y horizonte
y me agobien los avatares de esa demencial aventura,
en ese momento percibiré tu energía y mi único consuelo será
rememorar toda la esencia de tu inefable hermosura.
En ese momento, consciente de todo lo que he perdido,
llorando pronunciaré tu nombre.
Colaboración de Ante Kastela
Uruguay
