Nunca supe qué equivocado estaba al pensar que el cielo estaba tan cerca de la tierra al estar en su regazo.
Pues en cuanto traspasé la invisible barrera que existía sobre sus piernas, no era el cielo mismo tan humano al que estamos acostumbrados, sino el mismo paraíso.
Qué equivocado estaba suponiendo mi reflejo en sus ojos, al ponerme de frente tan sólo vi dos lenguas de fuego de estrellas nacientes.
La eterna búsqueda a lo largo de montañas y valles, hondonadas y volcanes, selvas y desiertos, sólo para un propósito.
Y al paso del tiempo la fuente de la eterna juventud emanó su elixir, para saciar la sed del viajero tras su larga jornada de búsqueda.
Pues justamente mi alma ardió al desprenderse de mi cuerpo en éxtasis.
Colaboración de RVS
México
