La observé esa primera noche que la conocí, me cautivó su físico, su mirada y su sonrisa, ignoré el proceso de encantamiento y atracción en el que se estaba convirtiendo el momento bajo aquel cielo y que sólo tenía presentes la luna y su sonrisa. La calle llena de amigos y conocidos como lo era ella, pensé en hablarle, pero sólo le sonreí con mi mirada.
Pasó la noche y no supe de ella, y luego a los días, le escribí con miedo, y nos fuimos conociendo, se juntaron las miradas, esas que era inevitable ignorar.
Nos encontramos muchas veces y fue creciendo esa amistad pero con privilegios, pasaban los días y me encantaba más, teníamos claro que el amor y la estabilidad no era lo que buscábamos, sólo había un detalle: cada día crecía más la pasión en las miradas, los besos hablaban sin palabras, mientras que las pieles se erizaban, se juntaron nuestros cuerpos, la llama oculta entre nosotras crecía, todos los amaneceres despertaba junto a ella; pero seguía existiendo el miedo de que creciera la chispa del amor y es que el mundo sólo era de nosotras dos.
Llegaron las dudas y sus confusiones, empezó a dudar de mí, no porque la tratara mal; sino porque la trataba con más cariño y ternura, aunque ella también me demostró ese cariño y ternura; hasta que sola se confundió y cayó en el abismo y la negativa inestabilidad de sus sentimientos, y ahí estaba yo sola viviendo los hermosos momentos de su compañía, llegué a cegarme, pero retuve el amor que alguna vez mi corazón quiso sentir, sólo por la promesa que le hice de no llegar a enamorarme.
Mientras, su sonrisa me cautivaba, era mi amanecer, atardecer en fin, era esos tres puntos suspensivos que tienen mucho significado pero no puedes describir… La confusión llovió en su ser, la inundó y decidió alejarse de mi sombra, pero inseguramente sigue navegando en mi océano, curiosamente no me deja partir, soy su adicto recuerdo.
Diariamente lucho con mis sentimientos, me hablan, me piden que la busque, que luche por ella, pero existe un detalle: tiene otro amor, otro romance, y ahí entra mi orgullo a ocupar todo sentimiento, ese que me ha mantenido fuerte y firme, ese que me ayuda a controlar los pensamientos, pero es imposible que calle lo que siento, sólo lo disfraza.
Le pido a Dios, a la vida y al tiempo que haya tomado su mejor decisión, porque he inventado mil razones para olvidarla, aunque a veces me falla el orgullo, tanto así que cuando observo la luna es como ver una fotografía de sus hermoso rostro, me trae esos recuerdos a mi mente, de locura, pasión, de noches sin amanecer que duraban una eternidad… Al parecer seguiré navegando en este barco en alta mar, tratando de sobrevivir con los recuerdos flotando entre sus besos.
¿Respecto a su decisión inestable? Respeté y callé, me cuestiono mi silencio, un silencio que decía más que una frase; en mi pecho solo quería llover y se aguantó mi cielo, así que respiré y susurré ¡Que seas feliz! Déjame ir, no tengas miedo, yo te seguiré queriendo como la primera vez.
Colaboración de OOS
Puerto Rico