¿Te has despertado alguna vez con la sensación de querer desaparecer? De sentirte tan débil que ni siquiera tienes fuerzas para levantarte. Esa sensación de echar tanto de menos a alguien sabiendo que no le podrás volver a abrazar nunca ni volver a sentir sus manos tocando las tuyas.
Esa puta sensación de querer llorar y no tener lágrimas. Esa puta sensación de dolor en el pecho y un nudo en la garganta que parece que te asfixia y no te deja respirar.
Era verano, la brisa chocaba nuestras pieles mientras nos besábamos como si no hubiera mañana. Algo nos decía que la vida es demasiado corta como para desperdiciar el tiempo cuando estamos juntos, como si la vida se nos acabara dentro de unos meses. Sin saber que no habría un mañana para nosotros, juntábamos las manos la una con la otra como si fuera un juego, mis dedos encajaban entre los tuyos y mi corazón latía más de prisa.
Me estaba enamorando de ti tan rápido que daba miedo. Aquel día te dije por primera vez que te quería. Tú me devolviste un te amo. Y en ese momento supe que te amaba de verdad, como nunca había hecho en mi vida. De hecho pude imaginarnos juntos para siempre. Un vestido blanco, rosas rojas, champán, nuestro viaje a París, nuestro primer hijo, morir abrazados y enamorados hasta el final de nuestros días.
Si le vemos el lado gracioso, lo nuestro fue un rollo Romeo y Julieta, nuestras familias nunca aceptaron nuestra relación pero eso no nos importó nunca. Imaginé nuestra muerte, yo me había tomado el veneno y tú no podrías soportarlo, entonces morirías conmigo.
Aquellos días de verano, juntos por siempre, sin planear nada, solo vivíamos el momento. Recuerdo una noche, miré por la ventana y ahí estabas de pie junto al árbol donde escribimos nuestros nombres, tenías dos cervezas en la mano y esa sonrisa. Esa sonrisa era preciosa. Estabas en plan "estoy hasta los cojones de todo". Yo bajé por la ventana y me abalancé sobre ti, te besé y te abracé y te dije que todo estaría bien, que estábamos juntos en esto y que lo estaríamos hasta el final.
Subimos al tejado, encendimos un par de cigarrillos y recuerdo que no parabas de hablar del futuro. Me decías que nos complementábamos, que lo que tú no tenías lo tenía yo y lo que a mí me faltaba lo tenías tú. Y que juntos seríamos uno.
Aquella noche reímos mucho, eras tan gracioso. De hecho una de tus virtudes era hacerme reír, supongo que eso me enamoró, aunque si lo pienso, si no hubieras sido gracioso sería entonces tu mirada y como me mirabas lo que me hubiera enamorado, o simplemente la forma de tu andar o más tarde terminaría enamorándome del acento que tenías y la manera en cómo me hablabas.
Es tan curioso, me terminé enamorando de cada cosa que te formaba, me enamoré de cada instante que pasábamos juntos y de cada paso que dabas. Me enamoré simplemente de tu forma de ser y de cada palabra que soltabas o tal vez solo me enamoré de aquello que no tenía, esa parte de ti que me complementaba y me pertenecía, y una vez que la encuentras ya no quieres dejarla ir porque sabes que si algún día te falta ya no eres aquel trozo entero, eres la mitad.
Recuerdo también San Valentín, el Ford Mustang antiguo de tu padre y aquel ramo de zanahorias. Me encantan las rosas rojas te dije, te reíste irónicamente y dijiste: éstas me las recomendó la dueña de la floristería. Aquellos días fueron tan cortos, habían sido tres días llenos de risas y felicidad. Cuando volvimos dijiste que habías encontrado un buen trabajo, que querías regalarme un anillo hermoso de compromiso y que te morías de ganas por llevarme contigo y hacerme la mujer más feliz del mundo. Te respondí: soy feliz a cada instante de mi vida que estoy contigo y cuando no estás conmigo soy feliz porque sé que existes.
A veces miro el cielo de noche y miro las estrellas y la estrella más brillante me recuerda a ti. Ante mis ojos brillabas y sé que aunque no estés aquí conmigo, sigues brillando en algún lugar. Y te observo allá en lo alto brillando y te sonrío. La estrella que más brilla me recuerda tu amor. Porque me dijiste que el día que se apagase la luz de las estrellas y ya no quedase ninguna brillando sería que nuestro amor habría acabado.
Y me prometiste que después de la muerte me seguirías amando. Por eso cada noche miro al cielo y pienso en ti. Sé que donde sea que estés me seguirás amando, porque me lo prometiste y porque aquella estrella que observo ahora por mi ventana sigue ahí brillando más que nunca.
Colaboración de Valentina Ojeda Ponce
España