Comprendí que no podíamos entendernos.
Éramos demasiado distintos y parecidos.
No podíamos engañarnos, lo cual dificultaba el conversar.
Cada uno de los dos era el remedo caricaturesco del otro.
La situación era anormal,
como para durar una vida y seguir igual.
¡Aconsejar y discutir sobre el asunto era vano!
La respuesta estaba ahí,
como un tercero al cual trataban como desconocido
por sus miedos y el hecho de aferrarse
a lo que ellos querían que fuera.
Colaboración de JJC
México
