Nuevos puentes extendidos
sobre caminos de tundras y cactus
traían rodando los toneles
donde maceraban nuestra cepa.
Los racimos eran nuestros dedos,
mágicos dioses unidos por la uva.
Tenían el color de veinte copas de tiempo
cuando volvíamos con los ojos gastados
de la piedra vertical,
donde corre su potencia el río
con arteros canales sudando agua y
la transparencia invadiendo nuestra piel.
Rompimos el viejo tabú de la espina
y su herida con el rito dorado del trigal germinado,
saltamos los cercos de altos límites
y bajo el árbol de los siglos
penetramos el misterio de la cópula.
En sus blancas grietas la huella del amor
lentamente tejía saliva en sigilo.
Yo veía el temblor en tus labios de codicia y
con un trémulo rayo partido en los míos
saciabas tu sed en mi boca de ocal embebida.
Colaboración de Ricardo Álvarez
Argentina
