Hace tanto tiempo ya, pero aun siento la fuerza de aquel huracán, aquel que vi venir, y en lugar de alejarme en él me convertí. Invirtió ternura al comenzar y estalló sin detenerse, azotando los lugares a la vista, desenterrando lo oculto. Viniendo del mar y del cielo su sabor es una mezcla de sal, y deliciosa lluvia.
Majestuoso e imponente por dentro y por fuera, como solo él puede ser;
imposible de olvidar su presencia o la vista única que presenta cuando anuncia que aquí ya está. Desde el fondo se levantó hasta el cielo y al universo llegó.
Todo en no pocos momentos, atacando, sin querer dejar nada, adentrándose en los más recónditos lugares, una y otra vez, haciendo estallar en miles y miles de sensaciones, que la vida no había dado; tatuándose en cada partícula material y del aire, impregnándose en los sentidos, sin olvidar los momentos de paz a fin de permitir entender que no solo la locura, sino también la razón pueden perderte.
Al alejarse y mirar atrás, se puede ver todo destruido, solo pequeños vestigios; sí, pero de lo que había antes, porque ahora está construido un nuevo lugar, magnífico como el huracán; pues se adueñó de todo aquello que él le regaló: su filosofía, su fuerza, su energía, su libertad.
Colaboración de GPE
México
