Ante el caído párpado de un día,
mudo de sol y neblina,
no otra cosa sino la ilusión nos lleva,
de tu boca a la mía.
Y entre la tibieza untuosa de los muslos,
la tierra busca nacer entera.
¿Quién sino tú pudiera dar al aire,
el alma que faltaba?
Donde aprendimos a nadar,
sin saber la orilla.
Donde compartimos el jugo de ese único fruto,
que llamamos vida.
Colaboración de M.R.L.
Argentina
