Siento en el dolor de mi noche,
un llamado profundo y cercano,
que produce temblor en mi mano,
y castiga con el duro reproche.
Con mi cobarde justificación,
me sigue acosando el espanto,
y son inútiles súplicas y llanto,
así como querer rogar perdón.
Siento la culpa que me acusa,
y ya no hay sitio para huir,
ni tiene validez la excusa.
La conciencia no deja vivir,
cuando el instinto se abusa,
y el alma la desea evadir.
Colaboración de Mariano
Argentina
