Se opacó la penumbra con la candidez de tu mirada y habló el amor... gritó tan fuerte que enmudeció al silencio que se hacía lánguido y eterno.
Las caricias no tardaron en revelarse, se rindió la duda, pudo más el corazón.
Temblorosas tus manos dibujaban ternura en mi piel, mientras me envolvías entre tus brazos, una suave brisa recorrió mi espalda, se desvanecía la voluntad y un beso robado, sin ser robado calló a mi boca.
Se mofaba el deseo de la insolente inquietud, que entibió la habitación con suspiros arrancados desde lo más recóndito de nuestra esencia.
Consintió el frío albergado por tiempos revueltos y dio paso al esplendor de la ternura impetuosa, para ya nunca más dejar entrar la incertidumbre ávida... Triunfó la complacencia y la templanza...
