La vida no conquistó al planeta mediante combates,
sino gracias a la cooperación entre los organismos vivientes:
las formas de vida se multiplicaron y se hicieron
más complejas asociándose a otras, no matándolas.
Nuestro amor no se asimila a un juego de suma cero,
en el que uno gana y el otro pierde:
en nuestro caso, ambos ganamos.
Porque nuestra relación no tiene necesariamente
que prosperar a costa de “otros individuos”.
Nuestro amor es una relación simbiótica:
una relación sinérgica en la que los dos hemos aprendido
a convivir mutuamente, beneficiándonos de un efecto
multiplicador de emociones y satisfacciones.
Ahora ya no eres tú ni soy yo por separado;
ahora somos “nosotros”:
una novedad evolutiva surgida de la fusión de
nuestros corazones;
una nueva forma de existencia, con alma propia,
que toma su propio camino y exhibe características
distintas a las tuyas y las mías por separado.
Aunque inicialmente hayamos considerado a nuestra
relación como un mecanismo evolutivo de escasa
trascendencia,
la simbiogénesis de la unión de nuestros cuerpos y mentes
constituye el origen de una gran cantidad de linajes
evolutivos: el amor en toda la belleza y perfección
de que es susceptible el alma.
