Eran sus besos lo que lograban estremecer mi alma,
quitar su pureza y convertirla en perversión.
Comenzó besando mi mejilla
aunque moría por inclinarme a sus labios,
sentir el dulzor de su lengua.
Su mirada y sus labios esbozaban una sonrisa;
estoy seguro de haber visto eso unas diez millones de veces
desde nuestra primera cita.
Hasta hoy en día jamás ha cambiado.
Ella sabía cuánto necesitábamos estar de esa forma,
y aunque jamás leerá esta carta,
cada noche susurro palabras de amor.
Que sus almohadas le cuenten
que mi pasión nunca se extinguió.
Son tres años,
son trescientos millones de besos más infinitos,
son infinidades de abrazos, son miles de propuestas.
Solo somos ella y yo.
