Era un placido día de septiembre, ella estaba esperándolo como todos los meses en un bar para tomar un café y luego seguir con su cotidianidad, nunca imaginó lo que estaba a punto de ocurrir hasta que su amado llegó con un ramo de rosas rojas en la mano y le propuso matrimonio. Sus ojos lagrimeaban de felicidad y su boca roja como las rosas quería hilvanar unas cuantas silabas pero no podía por la emoción que la embargaba. El la tomó de las manos y las besó, ella lo miró con mucho amor y aceptó su pedido. Los dos se habían conocido desde muy niños y ahora eran solo unos jóvenes enamorados dispuestos a concretar su sueño de toda una vida, casarse y ser felices por siempre.
