Hoy se le mira muy triste. ¿Qué le pasará al abuelo? Yo pienso que es el desvelo, pues por las noches no para de caminar, cual si andará paseándose por la plaza. Él ha sido en esta casa, desde que tengo razón, el centro de la atención que ordena, corrige y quita con energía inaudita, pero con gran corazón. Siempre es buena su intención cuando nos suelta un regaño, pues es neto y sin engaños, aunque se escuche en su acento un sonido que yo siento como cuando hay tempestad. Aun con esa majestad silencia a veces su voz, creo que piensa mucho en Dios, porque nada lo distrae; parece que algo se trae, porque lo hace muy seguido. Y es que con lo que ha vivido tiene para entretenerse... luego comienza a ponerse como muy entristecido. ¿Será por lo que ha sufrido? O algún recuerdo le llega... Pero es recio y no doblega su voluntad, que es de roble, porque la añoranza es noble cuando los años se han ido y, aun hallándose abatido, solemne, sigue su vida. Su paso, ahora es más lento y su andar ya no va lejos, dicen que porque está viejo ya no puede caminar, ni tampoco quiere hablar. Su silencio es elocuente. Hasta sus ojos le mienten cuando me llama a su lado por un nombre equivocado, y la corriente le sigo porque al estar él conmigo es hermoso lo que siento. A veces oigo sus cuentos de andares ya muy lejanos que, animados con sus manos, me llevan a un mundo irreal, y los vivo en forma tal, que admiro más a mi abuelo. Sé que no es ningún consuelo saber cuál es su final. A veces me pongo mal, me da coraje y enojo y se humedecen mis ojos, pues no lo quiero aceptar. Eso tiene que pasar, dice mi madre conforme, más mi angustia es tan enorme que voy en pos de mi abuelo y entre sus brazos me cuelo, para ya no pensar más.
