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Andanzas y peripecias de Marcos (Cap. III. Otra vez Lagunillas. 2/a. Parte)

2
Terminó el ciclo escolar 1978-79 y fui promovido: pasé a segundo año. En ese entonces, por mi buen desempeño académico, me hice acreedor a una beca por parte de la S.E.P. Consistía en que, cada 6 meses, me otorgaban la cantidad de $680,000.00 (actualmente, serían $680.00). Las becas no eran cosa común; sólo se otorgaban a los alumnos que mantuvieran excelencia académica: 10 de promedio general. Y casi nadie podía mantenerlo. Así que las becas eran, más la excepción que la regla. Los pagos nunca fueron puntuales, pues, aunque el programa estaba diseñado para otorgar los pagos cada 6 meses, normalmente pagaban por año, al final del ciclo escolar.

Mi vida iba muy bien. Excelentemente bien. Lo único que me molestaba era mi tío Bonfilio “Borja”, hermano menor de mi mamá y del que aún no he hablado. No recuerdo exactamente su edad, pero rondaba la tercera década. Era el único hermano que tenía mi mamá y siempre anduvo siguiéndola, ya que, como dije antes, mi abuelo paterno murió cuando mi mamá era una niña. Y mi tío no había nacido aún: mi abuelita Guadalupe se quedó embarazada de él. Así que, siempre buscó la protección de mi mamá. Y más, después del fallecimiento de mi abuelita, pues se quedó “solo en el mundo”, como solía decir mi mamá.

Era un tipo un poco raro: siempre estaba inconforme con todo. Nada le gustaba y nada le complacía: era el eterno quejoso. Se quejaba del bajo salario que recibía como peón del campo; se quejaba de la mala comida que hacía mi mamá; se quejaba de las largas jornadas; se quejaba de que mi papá trabajaba menos que él; se quejaba de que mis hermanas se “arreglaran bien”; se quejaba de que mis hermanos y yo fuéramos a la escuela; se quejaba de lo “mimados” que nos tenía mi mamá; se quejaba de todo. Siempre estaba argumentando y demostrando los errores de todos. Por ejemplo, decía:

-Tú, Chana (mi mamá se llama Crescenciana), ¿para qué mandas a tus hijos a la escuela? No; sácalos. Mándalos a trabajar; que sientan el rigor de la vida. No los tengas tan “chiquiados”, porque tú no les vas a durar toda la vida para estar “contemplándolos”. Hazle como las demás personas, que, chiquitos, ya traen a sus hijos en la “chinga”. No los malacostumbres a tener todo fácil. ¿Qué va a ser de ellos cuando les faltes tú? “Ai” van a andar rodando y dando lástima. ¿Qué van a hacer, si no saben trabajar? Más que ayudarles, les estás haciendo un mal. No; yo que tú, nada de “escuelita” ni nada de andar bien arregladitos. No, señor; eso es para ricos. Tú no estás para darles esa vida de ricos. Bien que te caerían los centavos que ganarían en el campo. Tú, que todo el tiempo andas pidiendo “fiado”; ¿qué necesidad tienes de eso? Teniendo a tus hijos ya grandes. Si en el campo, donde ando trabajando, andan trabajando también los hijos de doña Claudia, que están más chiquitos que los tuyos, y bien que ganan su dinerito. Y tú, aquí “apapachando” a tus hijos. Qué bueno que no son mis hijos, porque si así fuera, yo les iba a enseñar a ser hombres, no “chingaderas”. Porque, no me “dés” a ningún “catrincito” que traiga un peso en la bolsa. Andarán bien “trajeados”, pero con la cartera vacía. Y si no, pregúntale a Doroteo, el hijo de tu comadre Domitila, si tiene un solo peso. Anda bien “arregladito” y bien “vestidito”, pero de dinero, nada. No por nada anda sólo de vago, “nomás” parándose en las esquinas a ver a quién “chinga”. Y para allá van tus hijos, con la vida que les estás dando, vale-.

-Y tus hijas; por ejemplo, Estela, ¿pa’ qué “chingaos” quiere tantos “pinchis” vestidos? Apenas la semana pasada se compró uno y ya para esta semana, ya tiene otro. ¿Qué, acaso es “mujer de la calle”? Sólo ellas tienen necesidad de arreglarse tanto, porque “están chambeando”. Pero tu hija, siendo señorita, ¿qué necesidad tiene de eso? Mejor sería que te diera a ti ese dinero que anda malgastando en ropa y “pinturas” para la cara y “perjumes”. Hasta van a terminar confundiéndola con una de ésas. No; no le permitas eso. Enséñala a ser bien portada. No que “ai” anda con el noviecito, un borracho sin oficio ni beneficio, nomás besándose en las combis, cuando va a Matamoros, “dizque” a vender. No; si a mí ya me lo dijo don Avelino, “El Chilero”, en lo que anda tu hija. Un día te va aparecer “panzona”, por andar en “malos pasos”. Y a ver con qué cara le vas a reprochar algo, si antes no “juiste” pa’ “jalarle las riendas”. No, Chana; tu hija no necesita tantos vestidos. Con uno o dos vestiditos, todos “distraidos”, tiene-.

Estas y muchas otras “pláticas instructivas” le daba mi tío a mi pobre madre. Y también, pobres de nosotros, que teníamos que aguantar estas peroratas interminables. Porque, una vez que mi tío se ponía a hablar, no había poder humano que lo callara. Y esto era todas las tardes; ¡todos los días! Él sí que sabía cómo “chingar”. Pero, a lo que más odiaba, era al género femenino. Nunca se casó, aunque, según él, el matrimonio siempre estuvo entre sus planes. Tanto, que en más de una ocasión compró lencería, para cuando se casara. Pantaletas y “brasilés”, como él mismo decía. Y guardaba esta ropa interior femenina, esperando que llegara la mujer que iba a usarla: su esposa.
Y digo que odiaba al género femenino, porque jamás encontró a alguna mujer que fuera de su agrado.

A todas les encontraba defectos, tanto visibles como invisibles. Pero él justificaba por qué no sería una buena esposa. Una era demasiado joven para él; otra, demasiado vieja; una más, muy fea; otra más, muy bonita; otra, muy “desenvuelta”; otra, quizá ya no era virgen; otra, tenía hijos; otra, muy altanera. Para él, no había ninguna mujer que cumpliera con los requisitos que él quería. Y por eso nunca se casó; hasta el momento en que escribo esta historia, sigue siendo soltero. Cuando alguien se atrevía a insinuar que “quizá era porque no le gustaban las mujeres”, él montaba en cólera y explicaba que no era así. Que él, aunque no tuviera mujer, no era “puteco”, sino que se mantenía en “pureza de varón”.

También, en una ocasión, compró sillas de montar para caballo, con todos sus aparejos. Para cuando comprara su caballo. Las sillas se apolillaron y se pudrieron; quién sabe a dónde fueron a parar los aparejos. Y, tampoco, hasta el día de hoy, ha comprado el caballo.
En su juventud, acostumbraba irse a trabajar, junto con otros conocidos de él, a Culiacán, al corte de tomate. Se iba durante la temporada de cosecha del tomate y, en ocasiones, cuando ésta terminaba, se ponían de acuerdo y se iban a donde otro de los trabajadores recomendaba, dependiendo de lo que se hiciera en otros lugares que conociera, ya sea por ser originario de ahí o porque ya con anterioridad había trabajado en ese lugar. Y así, cuando mi tío regresaba, contaba a todo el mundo lo que había visto y lo que había hecho, aderezado con fantasías de su “propia cosecha”, por lo que nunca se sabía qué había sido verdad y qué era producto de su imaginación.

Como cuando contó que había un lugar en donde todos eran enanitos: se llamaba San Luis Potosí. Y cuando contó que había llegado hasta un lugar llamado Caborca, lo que le valió su apodo: la gente no entendió y creyeron que había dicho Borja, en lugar de Caborca. Y, desde entonces, fue bautizado y conocido con el alias de “Borja”. En otra ocasión, contó que en Culiacán había muerto uno de los trabajadores porque se emborrachó y se quedó tirado junto a un canal de agua. Y había “bolas de zancudo y jején”. Como estaba borracho, estos insectos aprovecharon para alimentarse a su gusto con él. Y al otro día, el señor estaba muerto: le habían chupado toda la sangre; estaba “blanco”, casi transparente. Muerto.

También decía que, en Culiacán, cuando les preguntaban de dónde eran, tenían que decir que eran “Oaxaca”, pues si decían que eran “Guerrero”, no los contrataban. Consideraban a los originarios de Oaxaca, como trabajadores responsables; a los de Guerrero los consideraban “huevones y broncudos”. En una ocasión se llevaron a Doroteo a trabajar con ellos. Creo que mi tío lo hizo para darle una lección, pues consideraba que el muchacho no tenía las “agallas” necesarias para realizar un “trabajo de hombres”. Pero, resultó al contrario, ya que, apenas llegando, preguntaron los capataces quién sabía leer y escribir. Ése era Doroteo. Y lo pusieron a “tomar tiempo”: se dedicaba a anotar lo que los trabajadores hacían, así como el tiempo que trabajaban, con miras a cuánto se les iba a pagar a cada uno. Y no se llevó las “chingas” que mi tío esperaba que se llevara. Pero él sí se las llevó, como siempre.

Así es mi tío, que aún vive. Solo. Y sin haber cambiado nunca su manera de pensar. Ajeno a todos los acontecimientos de este mundo. Tanto, que ni siquiera contaba con un acta de nacimiento. Y, menos, aun, con una identificación oficial. Hasta que lo obligó mi hermana Estela. Pero, si por él fuera, permanecería como animalito. Porque, según sus creencias, el hecho de que “el gobierno” te registre, tenga tus datos y te dé una identificación, implica que te van a obligar a participar en una guerra, en caso de que la hubiera. Mientras que, si no saben de tu existencia, por más que te busquen, tú te escondes en “una serranía” y, a ver si te encuentran. Y creo que esto se debe a que, cuando él era niño, escuchaba platicar a las “señores grandes” acerca de la Revolución Mexicana, de lo que sucedía allá por el año de 1910. Y lo marcaron mucho esas historias. De cómo llegaban a los pueblos, tanto revolucionarios como el Ejército Federal, y se llevaban a todos los muchachos capaces de empuñar un arma. A la guerra, pues. A usarlos como “carne de cañón”. A “echarlos” enfrente, para que fueran ellos quienes recibieran las “balas”. Y a las muchachas también se las llevaban. Las “agarraban” a la fuerza; no les preguntaban si querían. Era “a huevo” que tenían que ser soldaderas. Y todo, porque se habían registrado y el gobierno sabía de su existencia.

De modo que fue todo un triunfo para mi hermana, registrarlo en el Registro Civil, obtener su acta de nacimiento y obtener su credencial para votar (antes IFE). Y más, porque logró inscribirlo en el programa de “Sesenta y más”, un programa federal que otorga ayuda en efectivo a los adultos mayores. Pero, todo a través de “engaños”. Porque si se le avisaba que iba a ir a su casa la notificadora de tal o cual programa, a ver si existía para otorgarle los beneficios de que se tratara, él se iba a esconder a un cerro y no bajaba hasta el siguiente día, con lo cual la notificadora creía que no existía y que se trataba de un “hombre de paja”. Que se trataba sólo de un nombre inventado. Y se perdían, para él, los beneficios del programa.

Pero, volviendo al tema inicial al que me refería -el de las becas-, al finalizar mi primer año de estudios de manera formal, me otorgaron $1,360,000.00 por concepto de beca. No era mucho, pero mis papás decidieron que tenían que invertir el dinero en algo que fuera para mí, pues quedarnos con el efectivo, implicaba sólo gastarlo. Así que, después de una noche de largas conversaciones, concluyeron que la mejor opción era comprar una cabra, misma que, una vez “cruzada” y “cargada”, me iba a dar cabritos, con lo que podría empezar un patrimonio. Y no tendría que andar “viendo caras”, pues el que no tiene nada, tiene que andar viendo caras, siempre que tiene que solventar alguna necesidad.

Así lo hicieron y me compraron una cabrita. Yo la bauticé como “La Aretona”, porque tenía una especie de “aretes” en el cuello; algo común entre las cabras. Y no tardaron los vecinos en solicitar que yo, que ya de por sí me dedicaba a cuidar a mi cabra, también cuidara las de ellos. Y me pagarían por hacerlo. De tal manera que mi rebaño empezó a crecer, aunque no fueran mías todas las cabras. La Aretona empezó a tener crías rápidamente. Y las otras cabras que no eran mías, también. Se usaban dos modalidades de pago: en efectivo, cada semana, que prácticamente nadie usaba, y “a medias”. En el primer caso, los cabritos que nacieran, eran del dueño de las cabras. En el segundo, la mitad de los cabritos nacidos eran para el dueño; la otra mitad, para el pastor.

Mi hermana Rosa, que entonces tenía catorce años, se hizo novia de un muchacho del pueblo, de dieciocho: Florencio López “El Pato”. Como mi papá jamás habría consentido tal relación, se veían a escondidas de él, pero con autorización de mi mamá: en la parte trasera de la casa. Como los vecinos se daban cuenta, empezaron a decir que mi mamá era una “alcahueta”, ya que permitía que su hija tuviera novio. Mi hermana estaba perdidamente enamorada de El Pato; esa era la razón de que mi mamá permitiera su noviazgo. Y sucedió lo que tenía que suceder: mi hermana se fue a vivir con su novio, aunque era menor de edad.

Eso fue en abril de 1979. Creo que fue así porque mi hermana cumplía quince años en mayo. Y los fue a cumplir ya con su novio, haciendo vida marital. Mi mamá puso el grito en el cielo y “maldijo” a mi hermana y al “chingado” Pato, un sinvergüenza que había abusado de la confianza que se la había dado. Porque mi mamá soñaba con “sacar a sus hijas de blanco”: bien casadas, como Dios manda. Nunca esperó que mi hermana se “juyera” con el novio, llenándola de vergüenza. Ahora, ¿cómo podría ver a la cara a la gente del pueblo?

Decía que ella había puesto el ejemplo, pues se había casado por “las dos leyes”, bien casada. Y no entendía por qué sus hijas le “llenaban la cara de lodo”, cuando ella había salido “de blanco” de su casa. Así que ahora la cosa fue con mi hermana Elicia, que en ese entonces tenía apenas siete años, quien tuvo que soportar los “consejos” de mi mamá, a fin de que ella no hiciera lo mismo que su hermana. Y, llegado el momento, le “limpiara la cara”. Eran, más regaños que consejos, por algo que no había hecho ella. Pero así suele suceder: los regaños se los lleva quien esté presente, aunque no sea el culpable de lo que haya sucedido.

Cuando mi tío vio que “era mecha” (buen negocio), eso de la crianza de chivos, tomó todos sus ahorros y compró todas las cabras que pudo. Se fue a vivir a un lugar apartado y se puso a cuidar cabras. Periódicamente las vendía a los taqueros del pueblo y obtenía buen dinero. Mi cuñado El Pato se divertía con él, porque ya lo conocía desde antes, de cuando trabajaban juntos en el campo. Y le pedía dinero prestado, sabiendo, de antemano, que mi tío no le daría nada. La diversión consistía en ver cómo hacía mi tío para evadir el tema; algo en lo que mi tío era, en verdad, experto.
-Tío-, decía El Pato. -Présteme cinco mil pesos.
-¡Ah, mira, vale, mi chivito, qué bonito está!- Contestaba mi tío.
-Sí, tío, pero yo necesito cinco mil pesos; préstemelos usted.- Replicaba El Pato.
-Sí, vale. Como te digo, mira qué bonito está este chivito. Tiene sus huevitos.- Repetía mi tío.
Y así, de ahí no lo sacaban. Y no les daba nada de dinero. Pero, ¡cómo se divertían con ese juego de escapismo!

Esta es la segunda parte del Cap. III de la novela sobre la vida y hechos de Marcos Romano.


Colaboración de Marcos Romano

México
Escríbele

Mensaje al autor. . .

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