Mientras preparo el café de la mañana, no puedo dejar de recordar un tiempo ya tan lejano. Esas mañanas en las que te despertaba con un beso en la frente y la habitual taza de café caliente, nuestro ritual antes de empezar con las agitadas actividades que nos aguardaban.
Sin embargo ahora, las mañanas satinadas de besos y tazas de café tan solo son simples y extraños clichés en mi mundo; ya solo queda lo agitado de la rutina diaria.
Despertar dejando atrás sueños intranquilos, en los que siempre te busco en medio de una oscuridad que parece no tener fin. Sentir el pinchazo de furtivo dolor viendo tu espacio en la cama, ahora vacío.
Ya me acostumbré a dibujar una sonrisa en mi rostro, a vaciar las emociones para concentrarme en el trabajo, es cierto que estar activo distrae la mente.
Más cada día debe terminar y al volver a casa debo aceptar que ahora solamente habita tu ausencia como mi única compañía. Mis pensamientos proyectan tus pláticas y tus risas, hasta creo seguir percibiendo el aroma de tu perfume.
Quisiera pensar que el dolor de tu ausencia disminuirá mañana, más no tengo muchas esperanzas de que así sea.
