¿Hola? ¿Puede oírme? No puedo escucharla a través de la línea pero mi voz en la radio deja entrever que usted sí me escucha y que ya estamos al aire.
La realidad es que la he pasado muy mal desde que las cosas entre ella y yo llegaron a su fin.
Mis números jamás fueron buenos, pero nunca habían sido tan rojos como ocurrió tras su partida. Nunca fui un hombre atlético ni gocé de un excelente estado de salud debido a la alianza entre mis malos hábitos y la carga hereditaria; tengo que confesarlo, ¡estoy muy mal!
La sensación de hormigueo en las piernas no desaparece ni el entumecimiento de los pies, apenas concilio el sueño los calambres en las pantorrillas me despiertan intempestivamente y las diarreas son tan cotidianas como las manifestaciones de la neuropatía en la extensión de mi cuerpo. No, para nada. No son los alimentos; lo poco que tengo apenas me permite pagar mi comida de la tarde que no pasa de un plato de sopa y un guisado con vegetales, pollo o res.
Tengo que aceptarlo: el estrés me está carcomiendo y las deudas están acabando conmigo.
Ayer la vi. Sonreía como nunca sonrió conmigo. Estaba feliz. No tuve la oportunidad de preguntarlo. Bueno, se le veía feliz. Caminaba del brazo de un hombre calvo, blanco, alto y fornido. Ya no era el tipo gris, escuálido y triste.
Se detuvieron a cuatro o cinco metros de mí. Él la asió de la cintura y detuvo el tiempo para ella en un beso apasionado por un par de minutos. Susurraron frases de amor en una lengua extranjera que no era inglés. Ella se conmovió hasta las lágrimas y tras el intercambio de palabras vino un beso más extenso que removió los recuerdos de muchas tardes de otoño compartidas al Sur de la Ciudad.
Envidié al hombre calvo. Debe ser el extranjero con el que contrajo matrimonio el fin de semana posterior a aquella crisis en que me colgó la etiqueta de "cuentachiles", ¿es que no entiende que los tiempos son otros y los números no me permiten pagarle los taxis o el boleto de autobús?
No vas a creerlo pero el orgullo aún embiste con furia. Es cierto que mi economía es pésima pero me duele más saberme como el patrocinador de aquella unión; porque si se las habían ingeniado para formalizar su relación en aquel viaje al Norte del Continente, ¿por qué no recurrir a los brazos del foreigner in love y no al tipo gris que se debate en deudas?
Allí estuvieron besándose mientras mis ojos se perdían en el horizonte, completamente ajenos a los pensamientos que deambulaban por mi mente. Sus labios delgados y marchitos cobraron vida y mi boca asistió al recuerdo del desasosiego con que intentaban hilvanar la secuencia de muchos besos intermitentes en uno solo. En otra época, sus labios eran delgados y rotos; ahora se apetecían carnosos y húmedos una vez sincronizados a la tosquedad del hombre foráneo.
- Me gustan tus besos. No hay nadie que bese tan bien como tú.
En un santiamén degustábamos un par de club sándwiches en un restaurant alojado sobre la Calzada de Tlalpan. Jugabas con mis manos, poblabas de besos tiernos mi semblante y susurrabas a mis oídos que saciara tu antojo:
- Anda, ¡bésame!
Y tras el manto gris, emergía un tipo jovial con fuego en la mirada que iniciaba el juego en la extensión de tu cuello [largo y delgado], se instalaba tras tus orejas y apenas un par de susurros llevaba sus labios hasta el encuentro con los tuyos para arrebatarte un vendaval de suspiros, emociones e imágenes que se alojaban en la suya memoria para no escapar jamás y salir al consuelo del tipo gris en tardes como aquella en la que intercambiabas los besos y caricias que ya no eran para mí.
Lloré pese a que mis ojos se perdieron en la horizontal en la que morían los pasillos y locales del centro comercial; con las infinitas ganas de ser yo con quien compartieras tus manos, tus labios y tus besos; con el estómago vacío, los embistes neuropáticos y la maldita frustración de saber mi cartera, la cartera que tú me regalaste, vacía, rebozando en talones con cargo a la tarjeta de crédito benefactora y patrocinadora de tus expediciones a la ciudad y recorridos al Norte y Sur y que me valiera la etiqueta de "maldito cuentachiles".
Cuando recuperé la conciencia ya se habían alejado algunos metros. Finalmente me percaté de su vestido negro; el mismo con que una noche de noviembre me arrebató el aliento en un antro alojado en el Centro Histórico. Sus piernas mantenían el bronceado que otra noche de diciembre pobló de fantasías mi cabeza, e incluso puedo asegurarte que eran tan suaves como siempre.
Sonreí con el recuerdo de las caricias compartidas al interior de mi auto. Me sentí miserable ante la elegancia de su compañero pues, tras el exilio de mi vida, los recorridos en "Sentra" eran cosa de un pasado turbio y aterrador. Tu compañero te había permitido el acceso a un vasto número de comodidades que rebasaba con creces todo cuanto estuviera al alcance de un miserable cuentachiles gris cuyas preocupaciones giraban en torno a los seiscientos pesos que precisaba cobrarte para completar el pago mínimo de su tarjeta de crédito.
- Miserable. Olvidaste el discurso de la mendicidad de aquel mentor barbado. Echaste en saco roto la máxima del "dar sin esperar recibir nada a cambio" y, a los ojos de ella, emergió tu verdadera personalidad. Méndigo maldito; ¡te gusta cacaraquear los favores! Jamás olvides que en este mundo toda culpa encuentra su condena; dime, ¿cómo duele en otros brazos?