La ciudad, el infierno. Una cárcel de concreto llena de luces de colores, neón, tiendas, autos de lujo, sitios de entretenimiento, ruido; olores nauseabundos de comida rápida, restaurantes finos que para comer no sirven más que lágrimas, con la tonta excusa de “si te gusta entonces comprarás más y más.”
Personas, jóvenes, ancianos, niños, millones de personas que solo caminan y deambulan por las calles sin un propósito en específico, solo caminando. Esperando que del cielo caigan enormes letreros con la palabra “éxito” alumbrada en luces de neón amarillas y casi enceguecedoras. Esperando una oportunidad.
El mundo cayó víctima de lo que los hombres llamaron “modernidad liquida”. Una ridícula frase para referirse a que hoy en día, el que lo quiere lo tiene y el que compra más entonces es el mejor, después de todo cada producto tiene su vida útil contada en horas y los humanos al parecer, ya no son diferentes. Todos son “productos de la sociedad”.
Ya no existe la sobrevaloración, ni la subestimación. En la ciudad quien vale, vale y quien no, pues cuenta como un desperdicio más en el gran cañón de “lo que no genera ganancia”.
Cada día hay más y más empresarios, empecinados en hacer fortunas con ideas fáciles y simples, para no complicar la mente de las personas. Para que ninguna persona piense, porque el pensar es libertad y en la prisión del capitalismo y la producción, nadie es libre. Los humanos son esclavos del mundo facilista que han creado.
El mercado y las grandes multinacionales, han marchitado de a pocos la inventiva y el ingenio, la imaginación y la fantasía pasaron a menos de un segundo plano y la tragedia y el romance, se fueron deshaciendo, privando al mundo de la belleza que se encuentra en el contraste.
Día tras día me fijo más en los alrededores y día tras día, encuentro menos en que fijarme. El cielo todos los días parece del mismo color y muchas veces no veo siquiera el cambio de día a noche, pues la contaminación nubla las nubes y cuando llueve es como si un niño llorara... las lágrimas solo se hacen más fuertes, no importa que tanto llore.
A veces me cuestiono sobre este lugar en el que vivo, sobre las personas que me rodean y finalmente termino con el cerebro hinchado y a punto de un colapso, pues son muchas las preguntas que me hago y son muy pocas respuestas las que encuentro.
A veces me siento bajo un árbol y disfruto con hipocresía de la comodidad que me genera sentarme en el pasto, pues las hormigas me pican las piernas y la hierba me irrita la piel.
De a poco me voy aburriendo más con lo que tengo y más aún desprecio lo que no tengo y lo que por algún motivo no consigo, conseguir.
Mi cerebro se ha vuelto mecanizado y ahora todo y todos, tienen un valor específico para mí. Sean conocidos o extraños, sean tesoros, reliquias o basura... así es cómo funcionan las cosas en las mentes que no muestran sus números, solo cifras falsas para pasar desapercibidos ante el mundo.