Érase una vez una fuerza sobrenatural llamada Inspiración, que vivía en el Mundo caramelizado.
Todos los días, Inspiración salía a crear diversos estímulos, proveer grandes ideas y generar acciones extraordinarias; pero no toda la labor dependía de ella, ya que su musa era quien la motivaba a ser, hacer y existir.
Una mañana de cielo nublado y viento estrepitoso, el Mundo caramelizado fue atacado por seres malévolos, a quienes llamaban: el tiempo, la rutina y el sinsentido. En la batalla, Inspiración logró salir avante, pero su musa no… los tres intrusos le causaron heridas tan profundas, que perdió instantáneamente la vida.
Ante tal circunstancia, Inspiración quedó devastada pues una parte de ella se había ido. Entonces, se dio cuenta que no tenía motivos para seguir, por lo que decidió marcharse del Mundo caramelizado… Huyó, intentando dejar atrás a su musa, sus recuerdos y su honda melancolía. Por mucho, mucho tiempo no se supo nada de ella, fue como si aquella terrible mañana no sólo la musa hubiera perdido la vida, sino también Inspiración.
Pasaron largos años hasta que ¡oh sorpresa!, un buen día, fortuitamente, el Mundo Caramelizado fue testigo del retorno de Inspiración, nadie podía creerlo… era como ver un ave fénix renacer de las cenizas; pero ella ya no era la misma, lucía un tanto diferente, su mirada tenía un brillo especial, su semblante denotaba paz, caminaba más lento pero sus pasos parecían más seguros, se percibía feliz.
Lo más sorprendente de todo, fue que de su mano pendía la mano de un ser luminoso que la acompañaba, ¿quién era? Sólo ella lo sabía.
Inspiración pasó largas horas admirando su hogar, lugar en donde pasó sus momentos más felices pero también los más amargos; habló muy poco y cuando lo hizo sólo dijo que había regresado para quedarse, que era tiempo, porque la vida le devolvió aquello que un día le robó: una musa para seguir viviendo.
