A pesar de la violencia, maldad, y odio que existe en la tierra; hemos sido bendecidos, con la ternura, pureza, e inocencia de los niños.
Estas pequeñas criaturas, no conocen ni tienen conciencia, de la abominación que existe en el mundo. En sus dorados y pequeñitos corazones, no hay espacio para el odio, la envidia, y el rencor. Por lo tanto, su pureza es infinita. No obstante, estas frágiles y diminutas personitas, están aquí para llenar de luz y esperanza a toda la humanidad; los cuales no saben de clases sociales y discriminaciones, solo se comunican entre ellos simplemente, para relacionarse y llevar una vida de infantes. Por esa razón, su perfección es completa. Sin embargo, quien hiciera daño, o atentara contra la vida de estas indefensas criaturas, es casi tan grave, como insultar al mismo Dios.
Aun así, cuando nos miran con sus pequeñitos y tiernos ojos, para correr hacia nosotros con sus bracitos abiertos, y estrecharnos con sus dulces y pequeñitas manos; siempre nos causarán una gran emoción, e incluso, hasta las lagrimas, ya que son delicados pajarillos que solo van en busca de refugio y cariño. Por lo tanto, el sentimiento que entregan es realmente limpio y sincero, como esplendidos manantiales de aguas cristalinas.
Por esa razón, en su mirada, encontramos el bello reflejo de la verdad absoluta y divina. Porque los amados niños, que sufren a causa de las guerras, la pobreza, y los maltratos; no deben pagar por los errores que cometen los adultos, ya que son verdaderos Ángeles de carne y hueso, y de ellos es el reino de los cielos. Por esa razón, debido a su pureza e inocencia; es nuestra obligación, entregar todo por estas frágiles criaturas, e incluso, hasta la propia vida.
