Dos de la mañana, un poco de música, el silencio de la noche y un sentimiento de ansiedad que se manifiesta en un grito ahogado. Ganas de hablar, pero no de platicar, solo se trata de ponerle voz a lo que se siente. Un deseo vehemente de escribir, o, mejor dicho, de garabatear palabras que saquen las emociones. Quitármelas de encima, de desgarrar con la pluma la realidad, de llorar de rabia hasta sangrar; abrir con los puños el camino que me lleve a la soledad, la única que me da tranquilidad.
