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Me contó


El otro día le encontré, después de tantos años, me invitó un café, aquella invitación no pude rehusar, después de tanto tiempo, la curiosidad me invadió, tenía que escuchar lo que él tenía que decir. La conversación giró en torno tuyo, me contó que no tuvo otra opción más que irse, que para él dejar su país y su gente, significó todo un sacrificio, pero que al igual que a muchos, a él la pobreza también lo agobiaba, que no tenía nada que ofrecerte, que se le hizo fácil dejarte, pues él creía que no te amaba lo suficiente como para darte en su vida un lugar importante.

Sin embargo nunca dejó de preguntarse por qué esa noche se pasó por tu casa a despedirse, se preguntó por qué al ver esas lágrimas cristalinas resbalar por tus mejillas, al sentir ese abrazo desesperado, al escuchar tu voz ahogada por los sollozos preguntando ¿por qué? sintió el impulso de quedarse a tu lado y abrazarte por siempre y enfrentar lo que sea que viniera, pero siempre juntos, sin embargo su necesidad, su ambición y su espíritu libre y aventurero no se lo permitieron, él era libre como el viento, tú lo supiste siempre , él no te engañó, no había nada que lo pudiera atar, era como la corriente embravecida de un río salvaje que en su camino hacia el mar de la vida, no se estanca jamás.

Yo lo miraba en silencio, él hablaba con un dejo de cansancio en la voz, daba vueltas a la taza del café con sus dedos temblorosos que denotaban la ansiedad que sentía. Con la mirada clavada en aquella taza, me contó que los primeros días en ese país lejano, lo cautivó la novedad. Lo deslumbró la vida agitada de la urbe y la facilidad con la que se le fueron dando las cosas hasta llevarlo a una zona de confort a la que difícilmente pudo renunciar; envuelto en su rutina, rara vez se acordaba de ti, me contó que se sorprendió la primera vez que le pareció ver tu mirada y tu sonrisa en todos los rostros de mujer que se atravesaban en su camino. Que le parecía verte a cada paso que daba, en cada lugar al que iba, que de repente te volviste como una maldición de la que jamás se pudo librar, que su vida dejó de ser vida, que solo podía pensar en ti.

Que en las noches dejó de dormir, que muchas veces saltaba de la cama y salía al jardín, que se le vio bajo las sombras de los árboles mirando al cielo, pasando las manos por entre el pelo con desesperación, tratando de ahogar ese nudo en la garganta que le asfixiaba, que otras tantas gritó tu nombre al viento, desgarrándose la voz y solo el silencio de la madrugada recibió por toda contestación.

Me contó que miraba la luna con la esperanza de que tú la estuvieras mirando en ese justo momento y recibieras su mensaje, un mensaje lleno de desolación en el que te pedía que no lo odiaras por favor, que un día el regresaría y sin embargo no sabe por qué nunca volvió. Me contó que cuando lograba dormir, sus sueños se poblaban de pesadillas donde una figura difusa extendía su mano hacia él, llamándolo, diciendo su nombre en un susurro. Con la voz quebrada por el dolor, me contó que pensó mandar todo al infierno y sin embargo aprendió a vivir con el suyo propio, un infierno que el mismo se fabricó.

Yo le conté que después de él, tu vida quedo hundida en un inmenso mar de dolor y amargura que estabas segura que al día siguiente de haberse ido, ya te había olvidado, eso pasa cuando las personas no tienen la mayor importancia en la vida de otras, le dije y le conté que tú siempre estuviste consciente que no significaste mucho en la vida de él.

Le conté de la eterna tristeza que te tomó entre sus brazos, que te empujaba al suicidio, que día a día era una lucha continua, tenaz, constante y feroz y que en muchas ocasiones fue mucho más fuerte que tú, que no te dio nunca tregua, pero que aprendiste a vivir con ella. Le conté de todas las noches que agotada de llorar te dormiste, que de haberte visto se habría sentido tan miserable...

Que por años como una autómata por la vida transitaste, con el alma ausente, con el corazón sangrante, con la mirada sin brillo, vagando por esas calles, sola, como un espíritu errante. Que tu vista se perdía en la nada pensando sólo en él, que tu cielo se nubló, que para ti la luna y las estrellas dejaron de brillar que se te olvidó como sonreír, que dejaste de creer...

Que su partida te hizo tomar las decisiones más estúpidas, que con ello arruinaste tu vida y que en la carrera hacia tu destrucción, nada te pudo detener. Que todas las tardes mirabas en silencio y durante horas por esa ventana donde muchas veces lo viste llegar y por donde una tarde lo viste partir. Le conté que el día de su partida desde esa misma ventana lo viste irse, que se quedó tan grabada esa escena en tu memoria, que, aun hoy, si él te preguntara, tú podrías decirle el color de su pantalón, que traía puesta esa camisa que adorabas como se le miraba, el color de sus botas, el color de la maleta que cargaba al hombro, la misma en la que empacó tu vida, tu ilusión y tus ganas de vivir.

Supo también por mí del impulso aquél que sentiste de echar a correr tras suyo, de pedirle de rodillas si fuera necesario que te llevara con él, que estabas dispuesta a todo con tal de seguir a su lado, pero sabías cual sería la respuesta y que decidiste ahorrarte la humillación y a él la escena... le conté que enmascaraste el alma de orgullo, que con el semblante duro, le seguiste con la mirada, aguantando las lágrimas, aguantando la respiración. Que ignoraste ese nudo que en tu garganta comenzaba a echar raices y que hasta que ya no le viste fue que te desmoronaste, que entre fuertes sollozos, arrodillada, dejaste tus lágrimas brotar en un caudal que por muchos años sería constante.

Que muchas veces pasaste de la tristeza a la rabia, que lo odiaste con toda tu alma por haberte hecho concebir ilusiones, por hacer que lo amaras tanto si nunca pensó en quedarse, que hubieras preferido muchas veces no haberle conocido. Que deseaste miles de veces que tu infelicidad fuera un obstáculo para su felicidad. Todo eso para arrepentirte después, para implorar al cielo que por lo menos él fuera feliz, para rogar que tus lágrimas no lo alcanzaran jamás.

El día de ayer... me contó que tus lágrimas terminaron por alcanzarle, que nunca le permitieron ser feliz, que entendió quizá un poco tarde, que su felicidad solo podía ser junto a ti, que vivió esperando con ansias el momento en que la vida los volviera a reunir, que siente que aun están a tiempo, que quiere una vida a tu lado, que su objetivo en la vida ha logrado, que te ofrece una vida cómoda, que cree que será facil olvidar todo lo pasado...

Yo solo sonreí y le dije lo que ahora es evidente: que ya no te importa, que un día despertaste sintiéndote más ligera, que su recuerdo ya no pesaba. Que no había más dolor, que te miraste al espejo y descubriste una mujer nueva, que un día el cielo comenzó a abrirse para ti cuando alguien llegó e hizo amanecer en ti una nueva sonrisa que iluminó al mismo tiempo tu mirada, que junto con un nuevo cielo te regaló una nueva esperanza, que tu tristeza se había ido de tu piel y de tu alma, que hoy amas y eres amada, que tienes ese sentimiento que es recíproco que se da y se recibe sin condición, que hoy cantas, que bailas, que ríes, que tienes a tu lado tanto amor…

El, sólo se quedó en silencio, con la mirada perdida en la nada, mientras que sus ojos se cuajaban de lágrimas, quizá preguntándose si todo por lo que luchó había valido la pena, cuando había perdido lo más importante, lo mejor.

Por último, secándose las lágrimas, me preguntó cómo es que yo sé tanto de ti, le respondí: simple, porque yo soy su corazón. 

Muchas veces tenemos en la mano la felicidad y la dejamos ir, cuando la echamos en falta ya no hay vuelta atrás...


Colaboración de Gala Castilla

México
Escríbele

Mensaje al autor. . .

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