Sigo aquí, en el muelle que te vio partir. Muchos vinieron a despedirte, ya todos se han ido. Solo me he quedado con mi mano en la frente haciendo sombra en mis ojos para tratar de visualizarte en el horizonte. Me niego a tu partida, pero sobre todo cuestiono por qué no pude irme contigo.
Contigo se fueron mil y un sueños por cumplir, se fueron las ganas de volar, se fueron las ganas de sonreír. Se suponía que teníamos una empresa cuya meta era envejecer juntos en nuestro hogar, ese hogar poblado de bullicios y de amor. También sabíamos que con el tiempo ese nido estaría vacío cuando nuestros hijos volaran, pero sabíamos que volverían al poco tiempo con más ruidos y alegrías.
También sabíamos que habría muchas dificultades en el camino, por eso día a día construíamos y rebozábamos nuestro amor para que los problemas no nos debilitaran sino que nos fortalecieran. No importaba cuán ilusas o alcanzables fueran nuestras proyecciones, lo importante de ellas era que los dos estábamos allí.
Todavía sigo aquí, haciéndome cientos de interrogantes que, por más lógica e irrefutable que sea la repuesta ninguna de ellas puede saciar esa sed del saber porqué. Es que no me interesa, porque la necesidad de tu presencia no se satisface con argumentos ni con respuestas.
Tanta es mi terquedad y obstinación a tu ausencia que me niego a que la Tierra siga girando, porque en cada giro más lejos estás.
Tu ausencia dejó un vacío y un silencio tan aturdidor que retumba en cada rincón de mi corazón. Muchos me consuelan diciéndome que con cada giro que hace la Tierra nuevas oportunidades vendrán, pero hay una lógica que me disuade a poner mi esperanza en ello, la lógica de haberte conocido y amado. No puedo acostumbrarme a la idea de saber que detrás de tanto llorar tu ausencia, quizás, tal vez algún día vuelva la felicidad a golpear la puerta.
Solo intento describir lo indescriptible... el dolor de la pérdida del amor de mi vida.
Colaboración de
Lucas
Argentina
