Mi vida era normal, bueno, tal vez no tanto en comparación con otras chicas de mi edad, pero aunque me sentía sola e incompleta, vivía una vida llena de normalidad. Pero algo me molestaba, ese sentimiento de vacío tan fuerte y doloroso que no me permitía concentrarme en nada más. Algo lastimaba mi pecho y no entendía el porqué de ese nudo en la garganta, ese nudo que me hacía llorar, y no poder controlarlo.
Una angustia inquietante, llena de misterios, de una suerte llena de olores, sabores amargos y oscuros. Algo… no estaba bien. Nunca tuve a alguien a mi lado. Nunca amé, nunca pude sentir esa sensación de protección, de alivio, de complicidad, de confianza; ese sentimiento inexplicable que la gente tiene al amar a alguien. Tampoco lo sabía, porque como ya lo dije, jamás había amado a alguien, por lo que se puede deducir, jamás besé a alguien.
Cada día que pasaba era un día más que envejecía, cada hora que pasaba, era cada sufrimiento lleno de un dolor tan oscuro y poco ético. Tenía la necesidad de rezar a todos los santos y pedirles a alguien, necesitaba encontrar mi otra mitad. ¿Nunca sintieron como si les faltara algo? ¿Incompletos? ¿No les parece una sensación demasiado fea? Pues así eran mis días, cada día, todos los días, una y otra vez.
No quería seguir viviendo, sólo quería poder dejar la Tierra y volar al más allá para purificarme y sentirme de una vez por toda viva. Porque en la Tierra ya nada me hacía sentir bien o viva. Ni el viento en mi rostro, ni el sol quemándome la piel, ni el fuego, ni el agua helada tocando las yemas de mis dedos, ni la lluvia cayéndome en las mejillas, ni las gotas de mis propias lágrimas, nada, nada, nada. El dolor… nunca cesaba.
Nunca intenté nada estúpido, yo no era así.
Tan sólo esperaba algo que me llevara lejos, muy lejos de donde estaba, y eso jamás sucedió. Mi carácter y mi humor comenzaron a cambiar. Comencé a ser más brusca y patética, más orgullosa y celosa, más introvertida y triste. Me sentía sola rodeada de gente. Me sentía sola de una manera difícilmente de explicar. Envidiaba la alegría, la felicidad y la buena suerte de los demás. ¿La vida estaba en mi contra? ¿Alguien quería verme sufrir?
No lo entendía, algo pasaba conmigo, y no entendía bien el porqué. Pedí deseos a estrellas, dientes de león, velas de cumpleaños, tréboles, pestañas… pero nada parecía funcionar. Seguí soportando todas las piedras de mi camino. Quería ser fuerte y demostrarle a la vida que aunque tuviera los pies ensangrentados, heridos y cansados, no iba a dejar de caminar y levantarme con cada piedra que me topaba. Intentaba convencerme a mí misma que todo iba a cambiar, que si pasaba esto, pasaba por algo, y eso significaba que algo muy bueno estaba por llegar.
“Ese punto en el que la noche se torna más oscura y negra, es porque en minutos saldrá el sol”. Yo pensaba eso, yo quería pensar eso, necesitaba pensarlo.
Colaboración de Iara
Argentina