Anduve perdida durante mucho tiempo. No tenía ninguna meta, no tenía ningún camino fijado; sólo anduve, sin freno, por todo un desierto de soledad.
El sol salía cada día a la misma hora, ardiente, hasta posarse encima de mí. Yo, sedienta, buscaba agua, pero solo la encontraba en mis ojos.
Busqué y busqué, pero ni tan solo sabía qué quería encontrar.
El desierto se extendía más y más, tan infinito como veía el mar tiempo atrás…
Mis piernas, débiles, caían en la arena, desplomadas.
Querían seguir pero realmente no podían. Y bebía y bebía de aquella agua tan amarga, mas nunca me calmó la sed.
Quería encontrar el final de todo aquello tan extraño para mí… y tenía miedo, pues de cualquier lugar enterrado en la arena, podía aparecer algo nuevo, que me hiriese y debilitase aun más.
¿Pero qué más podría ocurrir ya?
Y entonces, la noche. Tan gélida, oscura… parecía cortar mi rostro, así como con un cuchillo afilado. Ella calmaba mi furia, y hacía resurgir mis más dulces sentimientos. Mas ya no recordaba aquellos tiempos, que me parecían tan lejanos, en los que mi sonrisa siempre era quién reinaba mi rostro.
¿Cuándo acabaría todo eso?, me pregunté, desesperada. Mi corazón herido seguía latiendo. Mi mente, seguía funcionando. Y tenía un lugar, aunque fuese solitario, en el mundo. Tenía lo necesario para seguir, pero sin embargo, sentía un vacío tan grande...
Pero, de repente, aparecieron ahí, como un destello en la más oscura soledad, tus ojos.
Como niña curiosa, me acerqué a contemplarlos. No los había visto nunca, pero eran tan hermosos…
Entonces me hablaron.
Me cuestionaron qué hacía yo sola, perdida en tierra de nadie, en plena noche.
Y con una expresión dulce y sincera, cogiste mi mano, y me condujiste hacía algún lugar que no logré ver.
Anduve perdida durante mucho tiempo…
Colaboración de Núria
España
