Me observas, mientras astillas envenenadas llenas de dolor y tristeza me atraviesan, perforando mi alma, dejando al descubierto heridas que parecían haber sanado, que quizá estaban curadas, olvidadas en mares de llantos y gritos, borradas con caricias, pasión, amor que no te pertenecía y jamás lo hará.
Cada instante en tu presencia es un momento tan tranquilo y agitado, un mar de preguntas sin responder y un universo de dudas sin aclarar, momentos tan oscuros como la noche que nos cubre, y nos llena con sueños extraños, locos, temiendo que se hagan realidad o quizá esperando que sean nuestra realidad.
Sigues observándome, ¿dime, qué es lo que ves en este frágil cadáver? O acaso es la simple satisfacción de verlo morir lentamente, ¿qué quieres encontrar, que piensas que verás? ¿qué es lo que pasa por tu mente? No dejas de mirar… ¿Recuerdas tu promesa?, ¿recuerdas ahora el enojo?
Pareciera como si el tiempo se detuviera, nuestras miradas se cruzan y tus ojos me dicen que piensas en aquello que no sucedió, que los recuerdos vuelven a tu mente como almas perdidas en el tiempo, vagando, buscando la redención para por fin descansar.
Al vivir, respirar, me sigues observando como buitre a su presa, siguiendo cada movimiento, esperando su muerte, su derrota, piensas que podré morir de un momento a otro, que caeré y moriré sin luchar, sin tratar de volar, de escapar de la muerte, de ti.
Tu mirada me acecha, recordándome mi desgracia o fortuna, felicidad o tristeza, confusión, que manchada con lágrimas marca el fin de lo que antes fue y que no sucedió, aún no era el momento, no espero que llegue, sería fatal.
Colaboración de Daniela
México
