Nada queda en mí sino la vereda:
Un hondo camino que ya nadie recorre
entre ciudades que se van a pique
con el polvo displicente de la ruina.
Algo de mí se pierde en los escombros:
Los ritos que dejé bajo las torres,
el ángel que perdí sobre las sábanas
del tierno manantial donde fui niño.
Veo el hacha del prójimo oxidada
de tanto amagarle a la miseria;
de exprimir la sustancia de la espera,
de cambiar eternidad por horas huecas.
Ahora que a las cárceles, el tiempo
abrió sus rejas para todo condenado;
ansioso de libertad, será muy tarde
para el ímpetu del grano primitivo
sobre piedra milenaria germinar.
No filtro mis deseos ni engaño al mundo
con esta soledad, si nada es mío
de aquella lluvia que embriaga y reverdece
desde este cementerio de recuerdos
donde la voz parece venir de los escombros.
Este poema pertenece a una colección de poemas inéditos, míos, llamada: Espejo no crepúsculo.
Colaboración de Rubencito
Panamá
