Es difícil sumergirse en uno mismo para rescatar sentimientos que por tantos años la sociedad nos ha enseñado a callar, ocultar…, con tal de que el ambiente de todos se mantenga neutro, hemos aprendido desde muy niños a ir desligándonos de alguna u otra manera, de la espontaneidad, hemos aprendido a apretar los dientes para reprimir y expresar por deseabilidad social, lo que otros desean escuchar y pocas veces lo que nosotros realmente deseamos.
Estamos en una sociedad con grandes corazones pero que lamentablemente rechaza la expresión emocional y esto justamente, es lo que nos afecta más a algunos de nosotros que al resto de los habitantes de este lugar. Y no se trata de alguna falla arquitectónica en sí misma. Si no más bien, el cómo es que dependiendo de cómo fueron nuestras experiencias más tempranas en conjunto con las personas que van apareciendo en el camino de la vida, nos van marcando de tal manera que uno se empieza a encorvar. Al igual que los árboles buscan la luz cuando aún hay esperanza, pero no siempre la llegamos a experimentar, porque estamos sobrepoblados de carencias o necesidades que buscan lo que escasea en este lugar:
Cariño, empatía, desinterés al tender una mano al prójimo, compartir y ser para otros, por el solo hecho de disfrutar la esencia misma de la vida: el cariño, el apoyo, la alegría y el llanto.
Sólo nos tenemos a nosotros para mejorar este lugar, porque nosotros conformamos la sociedad, nosotros, nosotros como raza humana hemos provocado cambios en las distintas épocas de la historia, y si es el hombre el mentor de tantas genialidades tecnológicas, como no poder hacer emerger de algo tan propio como es el alma, sus mejores obras de saber dar un trato digno a todo ser que lo rodee (incluyendo a los animales en esto).
Ahora bien, soy consciente de que hay personas que por distintas causas y factores no tendrán jamás la empatía ni el amor internamente, porque no consideran la existencia de los demás en sus vidas, sin embargo, creo que los que si tenemos esta facultad somos más.
Brindemos un espacio para expresarnos sin descalificar, mostrando que si aprendimos un mínimo de respeto por tolerar la diversidad. Brindémonos un mundo acogedor, que si bien es altamente complejo y cambiante, no tiene porque no ser un lugar que responda a nuestras necesidades, que nos de la confianza de poder explorarlo sin sentirnos amenazados o intimidados por las posibles reacciones de los demás.
Lo que nos hace ser distintos al resto, son justamente estos afectos subyacentes al cuerpo material y tienen tal fuerza (ya sea cuando estamos tristes, alegres, serios, etc.) que logran impactar en los demás de distintas formas. Entonces ¿Por qué no impactar abriéndonos a los propios afectos y a los de los demás? Ayúdame a mantener la esperanza, ayúdame a encender los sueños que todos tenemos, ayúdame a evitar que personas por estar buscando un mejor lugar, desistan de vivir aquí en la tierra. Gracias.
Colaboración de Francisca Martínez
Chile