Y la sonrisa abandonó mi cara, mientras la luz de la luna dibujaba siluetas inertes en mis ojos helados, cubiertos de niebla sombría; niebla que oscurecía mi mirada, pero no mis demás sentidos. Podía percibir como se acercaba quemando todo a su paso, destruyendo lentamente cada vestigio de vida, -desnudando a la oscuridad-, que sólo era opacada por sus ojos: ¡ardientes!, ¡llameantes!... Que llamaban entre gritos al sufrimiento y a pesar de mi ceguera, podía ver el dolor que vertían sobre mi carne.
Dolor que acariciaba mi piel en cruel intento por despojarme de mi alma, arrancarla de mí, para que fuera una más de su colección;
sacarla tal vez por mi boca en forma de grito o de mis ojos en forma de lágrima. Eso no importaba, él deseaba tenerla en sus manos, sentir como su leve radiación luminosa se extinguía al compás de su deseo acelerado, para después ir en buscar más.
Sus manos, esas manos esculpidas por la misma muerte, habían arrancado tantos sueños, habían hurtado ya tantas realidades, que el simple hecho de asesinar no significaba nada, lo que movía esa intensa aura de oscuridad era la luz; luz que manchaba su perpetua negrura; luz que se extinguía entre sus dedos inmortales; luz finita, que él deseaba infinitamente.
La eternidad bombeaba en su pecho, callando el murmullo del tiempo, matando la esperanza de acudir a la nada, diluyendo su existencia entre la necesidad de ir en busca de la luz que jamás tendría. Y la sonrisa abandono su cara, mientras la luz de la luna le recordaba lo único que daba sentido a su existencia. Mientras yo ya formaba parte de la luz. Desde este segundo, este ente oscuro habita en mi cabeza, recordándome que la eternidad no existe y si existiera desearía jamás conocerla.
Colaboración de Deox
México
