Estoy inmersa en una profunda tristeza que nadie curará porque la persona que podría haberlo hecho ya no está. Desapareció un día de abril, como si fuese aire se desvaneció sin decir adonde y me dejó con el corazón roto.
Aunque sabía que era lo mejor, un humano no puede evitar ser egoísta y querer su propio bienestar. Esa persona que me amó con pasión se perdió en una enfermedad que no reconocia al amor ni su fuerza. Espero algún día merecer el cielo y ser lo primero que vea cuando la muerte llame a mi puerta y mi creador diga mi nombre. Sólo así mi alma levitará hasta aquel palacio al que llamamos hogar.
Aunque ya no pueda aceptar amor, sé reconocerlo y no creo conocer a otra persona que pueda amarme igual a él, ni siquiera un tercio de su amor es posible ya que su corazón era tan grande como su terquedad y tan intenso como franqueza. Su alma pura estoy segura que se elevó y comparte con sus otros seres amados de la libertad y felicidad que tal vez por alguna extraña razón me fueron negadas desde el día en que partió. Si el mundo fuera mejor tal vez no me sentiría tan vacía como lo estoy.
