Después de un día agotador, llego por fin a mi casa, abro con un profundo suspiro la puerta de la entrada y dejo que se caiga la coleta que me quitaba la expresión de la cara. No puedo ni llorar ni sonreír, no muestro ninguna sensación, solo puedo masticar, al raíz de mucha práctica, y hablar lo justo para no babear. Así llegué a evitar situaciones que antes se me notaban en seguida, como cuando mi jefe me ponía a parir por llegar 10 minutos tarde delante de toda la plantilla, sin importarle que a veces se tuestan demasiado las tostadas para untarle mantequilla y mermelada, por lo cual sales corriendo en busca de una cafetería, sin pensar en las malditas llaves que se esfuman de repente por arte de magia y hasta que no vuelques todo el bolso boca abajo nunca aparecen, se tele-transportan de lunes a viernes por joder nada más, mientras que los fines de semana por donde miro las veo por todas partes.
Percibo esa maldad, y me vengo abajo. Lo malo que se me ve, me dilatan los temblores de la boca, únicamente mi llavero tiene el poder de despertar mi lado oscuro, el bicho que solo mi coleta sabe disimular.
Al principio era un peinado mas, para salir de la monotonía, sin embargo cuando vi lo fría que me hacia parecer, la impresión de que todo me resbala ,un control sobre mí que solo un militar de la antigua unión soviética puede igualar, incluso ganaba todas las apuestas que se hacían mis compañeros en un restaurante japonés, al tragarme una cuchara sopera de wasabi sin parpadear.
A pesar de los años que ya han pasado de eso, reflejado su paso en las entradas de mi frente, pues no hay manera de evitar recordarlo, una vez en casa.
Como exclusivamente las mujeres saben hacer, continuo mi ritual, sin que pare de pensar, me quito los zapatos de un golpe, tiro el bolso donde pillo, me desvisto a medida que voy avanzando hacia el salón, me tumbo en el sofá con una bestialidad que me hunde con el hasta el fondo.
Un ajetreado día lleno de estrés, que se hace eternamente largo, donde el reloj ralentiza el tic-tac de sus agujas, aun así feliz que por fin ya pasó... aprovecho este ratito, que mi marido está jugando el padel con sus amigos, sin preocuparme de la cena todavía, enciendo la tele, aparece la lista, rebusco entre sus canales siguiendo su orden habitual, continúo bajando con la esperanza de encontrar algo diferente, algo donde se enseña menos carne y se muestre mas cerebro a la audiencia, algo que no me cabree tanto verlo como ver a mis llaves en un bolsillo de mi bolso que ni siquiera sabía de su existencia antes, al cabo de media hora buscando como una loca un lunes a las 7 de la mañana.
Curiosamente donde mi dedo apretó mas, pasando rápidamente de largo en la lista, para saltarlo del tirón, volvió apretando de igual forma para volver a ver, ya que no me apetecía ver a un puñado de cabezas huecas o eso me parecía por lo menos, tocándose todo el santo día la pipeta en una isla, mientras yo mantenía el tipo con la maldita coleta durante horas interminables de trabajo que nunca me permitirían ir mas lejos de cuenca, un Adán y Eva tatuados, depilados, bronceados, como Dios los trajo al mundo, charlando bajo el sol, precisamente aquí agradezco el echo de poder llorar, sin que nada me lo impidiera.
Desganada, pero mas convencida de que no toda la basura se puede reciclar, que no toda apesta igual, que no todo lo que brilla es diamante, que la clase no se hace sino se nace, que la elegancia no le hace falta adornos, que la belleza no se retoca, se tiene o no se tiene, menos persuadida aun de que no solo el diablo se viste de Prada, solo hay que echar un vistazo a los medios de comunicación de este maravilloso país, para contemplar la frivolidad, la gran banalidad, concretamente en este caso de un programa que se emite desde hace 8 años mas o menos, dejando apenas hueco para los informativos y poco mas.
Unos cuantos minutos solo faltaron para dejarme alobada, ante tal circo.
Muchos zumbidos, voces inhumanas, pero con un enorme potencial, una increíble fuerza de cuerdas vocales, recibía únicamente una serie de vibraciones intercaladas entre sí, imposible descifrar su contenido.
Entre jaleo, broncas, gritos, llantos, humillaciones, un presentador que sirve para recordar a la gente que ya llegó la hora de merendar un buen bocadillo de serrano. Asombrada de que al igual que yo, sonando mi alarma todos los días de la semana para salir a la calle a buscarme la vida, con esfuerzo y sudores, también hay otra especie de seres humanos, criaturas con distinta complejidad mental y verbal, gente con unos poderes waterproof, o cementoproof, resistentes absolutamente a todo, la mismísima cara dura, la auténtica sin vergüenza encarnada en carne y hueso.
Al día siguiente, nada mas despertar, contraté un servicio de tele a la carta.
Cuesta mucho trabajo, pero vaya si se nota la diferencia. Pasé de comer en un MacDonalds una hamburguesa que se momifica, a comer en un restaurante de categoría.
Esas cosas son las que pagas por ellas sin que te duela el dinero.
Ya esta bien del puñetero sálvame, y de sus insípidas patatas de luxe.