A lo largo de su vida, muchas mujeres hermosas lo habían obsequiado con las mieles de su amor. Bueno, a decir verdad, no eran tantas, pero sí lo bastantes como para considerarse afortunado. Pero nunca había salido con ninguna como ella, con ese delicioso brío al caminar, con ese cabello del color de los atardeceres; una belleza única y excitante que nunca pasaba desapercibida; una mujer deliciosa a la que todos los hombres volteaban a ver y seguían el compás de sus pasos con la mirada.
Al principio, cuando la conoció, ella lo trataba con fría indiferencia y no le hablaba de nada que no fueran aspectos laborales: un trato perfectamente profesional. Pero todo eso había ido cambiando a lo largo del tiempo en el que habían trabajado juntos. La relación se había ido transformando, al tiempo que se hacían cómplices; había ido surgiendo un clima de intimidad entre los dos, una amistad excitante que había derivado en algo más: se había convertido en amor. Ella lo obsequiaba todos los días con su sonrisa de mil vatios y aprovechaban cualquier momento a solas para besarse. Él no era bajito, pero, aun así, la estatura de ella -un metro setenta y un centímetros- le resultaba rara y vagamente intimidante. Él disfrutaba inmensamente con sus besos, con la suavidad de sus labios suaves y húmedos y con el sabor dulce y siempre fresco de su saliva; lo único que le disgustaba era que siempre terminaban demasiado rápido.
Él siempre tuvo plena confianza en su relación, aun en la fase de cortejo. Se besaban a menudo, pero no tenían sexo. No es que fueran demasiado jóvenes, pero él intuía que ella no lo haría hasta que estuviera preparada. Una parte de su ser se resistía a creer que acabarían los dos desnudos en una cama; que terminaría haciendo el amor con esa mujer de ensueño. Le parecía demasiado bonita, demasiado inteligente, demasiado alta, demasiado segura de sí misma, demasiado sensual para entregarse a un hombre. Probablemente nunca tendría la oportunidad de ver cómo se quitaba la ropa, de contemplarla desnuda, de acariciar todo su cuerpo, de meterse entre sus piernas, de disfrutar de la suavidad de su sexo aterciopelado… pero había otra parte en él que le decía que no podía rendirse encontrándose tan cerca de la meta, que debía perseverar, que ella era sólo cuestión de tiempo, pues era imposible que no sintiera nada por él.
Por todo eso y más, él era demasiado vulnerable a sus encantos. Se le aceleraba el pulso y no sabía descifrar la sonrisa enigmática de ella cada vez que le preguntaba cuándo iba a poder quitarle la ropa y contemplarla sólo en tanga… y ella se daba a desear y no respondía a la pregunta. Así que se conformaba con las ocasionales visitas a restaurantes para comer juntos y disfrutar de su compañía, de su conversación y de su risa, mientras contemplaba la perfección de sus blancos dientes. No quería precipitarse, pues no tenía ni idea de cómo iba a conseguir que ella aceptara entregarle su intimidad. Pero la amaba y estaba seguro de que, tarde o temprano, lo conseguiría. Y eso lo hacía sentirse inmensamente afortunado.