Es indescriptible el placer que genera, el plasmar el vaso en mis labios y degustar las delicias del extracto de agave, que raspan la garganta y mis preocupaciones. El destilado de caña adormece la lengua y acalla el estrés, y es así como botella tras botella la máscara de la felicidad invade mi rostro y lentamente entierra las deudas y tristezas que arrastro. En el bar las muestras de fraternidad son reales sin poses ni tapujos, los abrazos reconfortan, se brinda constantemente y los tragos nunca paran.
Los problemas cesan y la música retumba en mis oídos como una melodía que calma mi alma y el ajetreado mundo exterior parece que no existe y la burbuja mística que se crea dentro del establecimiento parece inmune a las exigencias del día y a las órdenes autoritarias del trabajo. Aquí los shots, ginebra, vodka mezcal y tequila no discriminan y embrutecen los sentidos y maquillan la belleza, el cuerpo se desorienta como las ideas, el vino en sus barricas desequilibra mi andar y entorpece mis pasos y así día a día me sumerjo en esta falsa utopía de un mundo perfecto donde los problemas y preocupaciones no existen, cayendo lentamente en un abismo sin fin que me hunde en la desesperación pero que momentáneamente satisface ligeramente mis exigencias.
Aquí en este bar donde lo material pasa a segundo término y los sentimientos afloran, donde las tragedias personales son más leves y donde los logros se gritan y festejan, aquí amigo cantinero sírvame un trago más, que quiero embriagarme hasta ahogar mis penas en mezcal.
