La penumbra trajo consigo el vacío y el dolor de no sentir la tibieza del latir anhelado por tiempos de calma y mágicos encuentros, que solo fueron dibujados por la brisa fresca que dejaba sentir, sin medir que la tristeza arrancaba a diario un desgarrado propósito... sangró el alma por tanta ausencia que se disfrazaba de esperanzas vanas.
El despertar fue siniestro, se sintió un frío que recorría desde el alma hasta el amanecer. Dolía respirar en medio de tanto sollozo... dolía más sentir el vacío en las entrañas de la utopía que unía sin unir... sin atar, que abrigaba la fragilidad del vivir.
El amargo sabor de la realidad se confunde entre mis confusiones... se mezcla con mis atardeceres y finge ser mi compañía... y grita la soledad... gritó tan fuerte que enmudeció al silencio, pero cae abatida y abrumada... estremeció esta habitación llena de vacíos, llena de abandono, de sincronizadas angustias que hicieron un eco solemne y lánguido mientras me abraza el querer soñar juntos el mismo sueño y se desprende de mis ojos una obstinada lágrima que sabe a tristeza, a verdad y compasión... lleva escrito un nombre que temo pronunciar, que arranca mi paz y muerde con furia cada centímetro de mi esencia... de mi voluntad.
Sin embargo, el cansancio sosiega mi pesar, ya sin sueños puedo avanzar a paso lento, pero avanzo... lejos de la promesa que no alcanzó a cumplirse... lejos del amor que lastima, de los besos que no probé y de aquellas caricias que jamás estuvieron más ausente, pero me ha liberado del dolor de amar...
