Esa mujer, impregnada de fragancias y de rosas,
nunca se enteró de que me amaba;
le dio por germinar en mitos y leyendas,
meciéndose en bostezos y cenizas.
Esa mujer nunca se durmió en mis sueños,
y aunque bebió, sin saberlo, mis brebajes,
nunca se bañó en el néctar del Olimpo.
A pesar de mí, se los puedo jurar,
nada hay más frío y más nieve,
que ese trozo de hielo
en medio de su pecho.
