Era una mañana de junio, el cielo se oscureció y las gotas comenzaron a caer primero poco a poco; luego a montones, zigzagueantes entre ellas, formando un vals al compás del golpeteo en la tierra aun mojada. Con ímpetu tropezaban en las hojas las cuales me recordaban a mí, aquel domingo por la tarde cuando tu mirada triste se clavó en la mía al contemplar por la ventana trasera de aquel vehículo, donde al avanzar te divisabas cada vez más pequeño...
Hasta que desapareciste entre polvo y carretera, yo te guardé en el iris de mis ojos que eran como aquellas hojas: cabizbajas, tristes, adolamadas aguantando cada roce de una chispa que no era la tuya. El panorama como aquel día era melancólico, parecía que el cielo estaba profetizando un diluvio: el suelo estaba más que fangoso y la tierra atestada de beber, parecía suplicar piedad. Sin pensarlo mi cuerpo comenzó a temblar, de pronto hacia frío pero no un frío cualquiera...
Hacía frío sobre todo en el alma.
