Me rindo…
Este es el último poema que escribo para ti;
no puedo seguir adelante bajo las actuales circunstancias:
tu silencio me lastima más que mil reproches
y desgarra a mi alma más que mil puñales...
¡y ni siquiera sé qué esperar de ti!
Dime que no puedes, que no quieres, que no te gusta
o que te vale madre este amor…
¡pero dímelo, por favor!
¡no me mates con el veneno de tu indiferencia!
¿Es, acaso, que no merezco ni siquiera una palabra
tuya?
¿Qué tan devaluado tiene que estar mi amor para
que no te dignes contestar ni uno solo de mis mensajes?
¿Qué tengo que hacer, que no haya hecho ya,
para ser merecedor de tu amor?
¿Es necesario que me denigre como persona
para que obtenga tu atención?
Yo te puedo esperar otro día más,
una semana más,
un año más o toda la vida,
siempre que tú me lo pidas;
pero no me hagas sentir estúpido esperando
tu respuesta y que, como tal,
sólo reciba tu silencio abrumador y certero:
una saeta venenosa disparada directo a mi corazón.
Nuestra relación se basaba en una larga conversación
en la que algunas veces “ganaba yo” y, otras, “ganabas tú”.
Juntos construimos un universo de sueños y anhelos
que se basaba en una gran comunicación;
pero dejó de existir desde el momento en que te quedaste callada,
sin que yo pueda entender y sin que me hayas dicho los motivos
que te orillaron a hacerlo.
Y este hecho es el que nos ha separado.
No es que yo te haya fallado ni que tú me hayas ofendido;
es, más bien, el hecho de que tú te has quedado callada.
Porque, para la ofensa, existe el perdón,
pero para el silencio no hay antídoto.
Y no pienso seguir mendigando tu amor.
