No quedan más que fantasmas,
fantasmas que ríen y lloran,
fantasmas jugando a vivir
cuando su último hálito de vida
hace ya tiempo que expiró.
Fantasmas sombríos
y otros tantos pintados de colores
para maquillar su amargura.
Fantasmas vestidos de dioses,
dioses de un mundo inexistente.
Fantasmas que se hacen invisibles,
traslúcidos, imperceptibles,
para evitar su humillación.
Fantasmas de un mundo irreal,
quizás de un mundo
más sublime que el de la realidad,
pero quizás más adverso,
más asfixiante que éste...
Su obscuro y propio mundo.
Colaboración de Sandra M. Castro Salazar
Colombia
