En una noche de verano,
entre luces de ciudad,
tus ojos iluminaron.
Y como animal nocturno,
quedé atrapado entre la luz de tus ojos,
me quedé mirando hasta que me perdí. Enredado entre tus brazos,
el tiempo se detenía,
tu piel me alimentaba
y tus besos me quitaban la sed.
Resultando de esos bellos momentos,
mi vida, cuerpo y alma no ocupaba de nada más. Encadenado, prisionero,
hechizado por mi propia voluntad.
Tal vez por ser hombre,
me gustó estar en tu cárcel
sin pensar el daño que nos hacía.
Es que soy impuro y delincuente,
pero créeme, que sin maldad. Y tú, una dulzura de mujer
que nunca olvidaré.
Que por no querer hacerte mal,
te estoy extrañando.
