Ya no nos plantearemos la posibilidad de viajar tan lejos de nosotros y optamos esta vez por el viaje interno. Habíamos ido ya demasiado lejos por el camino de la ausencia y ahora que nos sentimos de regreso, como hijos pródigos experimentamos el fuego del Padre adentro.
Otra vez, el sentimiento de ser amados sin ninguna condición nos lleva a experimentar la vivencia del perdón. Inocentes de nuevo, ahora tenemos menos, compartimos más y sentimos la vivencia de la levedad y la presencia. Nos abrazamos y nos encendemos, sentimos el sentido de estar vivos, no como la vaga idea que afloró en el pensamiento. Ahora es el fuego de ser ardiendo adentro.
Tal vez vaya un poco mejor la balanza de pagos y la macro-economía, a lo mejor paguemos menos intereses y nos sintamos un poco mejor porque estamos menos mal. Pero aunque el organismo entero decrete un estado de bienestar, si las células familiares no pueden respirar no tiene sentido pretender que lograremos un tejido social que revele bienestar.
Es ahora, quizás, nuestra mejor oportunidad para restaurar ese bienestar que depende de la capacidad de responder por nosotros mismos, de abrazarnos y abrazar a la familia, de volver a sentir al hijo y al hermano y al amigo. No tienes sólo un trabajo, tu profesión es esa fe viva que encarnas en aquello que profesas cada día.
Ahora, en este invierno de la vida y la economía, con los bolsillos vacíos tal vez sea más fácil el viaje al corazón para experimentar que lo esencial, aquello que nos hace genuinamente ricos, espera despertar en nosotros.
Colaboración de Mandrade
Chile
