Algunos miran hacia el futuro, interminable e inalcanzable, otros se remontan al pasado finito y concreto. Entre las selvas de rascacielos de donde alguna vez llovieron hombres, las vidas pasan por el mundo como las monedas pasan de mano en mano.
Solo algunos intrépidos se miran a un espejo y sus semejantes y recuerdan su prematura existencia, su ocasional e innecesaria aparición, y se sobrecogen y marean, bailan sobre una plataforma perdida en una oscuridad insondable, solo interrumpida por destellos acaso eternos.
En un abrir y cerrar de ojos, el infante enérgico se codea con el polvo de donde proviene para encontrarse con sus antecesores y sucesores. Quizá una broma anárquica, quizá un plan delimitado o alguna otra opción, el grueso de los hombres vuelven como vinieron, ignorantes, y solo su ínfima fracción se eleva sin despegarse del piso polvoriento.
Y es que nadie sabe hace cuánto existe aquella escena, solo saben hacen cuánto empezaron a existir para poder apreciarla.
Colaboración de Santi Bontempi
Argentina
