Quiero dormir, para siempre y no despertar. Bueno eso será hasta que me muera. Cuando me despierto, quisiera seguir durmiendo. Es que ahí, el mundo es más flexible, seguido puedo volar. Para mí es muy real, así es mi fe. Me es suficiente el mundo de los sueños, me es más real que la realidad. ¿Realidad? ¿Qué es? Para mí, es lo más cercano al corazón, a la unidad del amor.
Por eso es más real –desde el punto de vista del amor-. Pero que sería sin el contraste rígido, mecánico, misterioso y predecible del mundo real; intenso es también, tal vez eso determine nuestra sensación de “real”.
El cuerpo es intenso, la materia es intensa, es densa. Al morir ¿es como dormir para siempre? Se de la reencarnación. ¿Es como despertarse en blanco? ¡Por eso no recordamos nada! Cuando moramos regresaremos al sueño. Si estar muerto es como estar soñando entonces ese sueño dura más de una vida, regresamos a él.
Es mucho más real que la vida misma. Cuando soñamos, soñamos cosas de la vida que vivimos, por lo tanto no es el mismo sueño que cuando estamos muertos. A veces se conecta, creo, con filtros, incluso. En el cotidiano vivir y soñar, es la vida que lleva un desarrollo constructivo medido por el tiempo y el espacio. Los sueños carecen de estos parámetros tal vez por eso son más de mi gusto.
Así ha de ser con las vidas y las muertes. Aunque cada vida comienza con la memoria en blanco, son estas las que una tras otra llevan a cabo un desarrollo constructivo a través del tiempo y el espacio. Por lo mismo de la falta de memoria de las vidas pasadas, ha de ser gran referencia, y se ha de alojar entonces la memoria en el periodo de sueño, o de muerte.
¿A que lleva este proceso evolutivo de vidas y muertes? La respuesta ha de estar en nuestro presente, al menos, saber qué hacer con ella, hacia donde nos lleva, y se necesita por lo tanto contacta de alguna manera con la memoria; que ha de ser a través de los sueños, la meditación, la intuición, la contemplación, la alucinación y la espiritualidad.
Mi vida presente es como una danza. La atención se fija en tratar de ser lo más fluido posible en ella, como el agua. Como un maestro de baile diría, el aché, el sentimiento, esos son los secretos temas de estudio de mi vida.
La danza llega a ser tan fluida que se comienza a disolver en una sensación atemporal como la del sueño. Está danza se imparte en mi pensamiento, en mis movimientos, en mis sentimientos y sensaciones.
Cuando todo se coordina y se conjuga, todo adquiere significado, absolutamente todo en todas sus divisiones, categorías y conjunciones; se transforma en una constante expulsión de comunicación de su significado, sentido y propósito.
Lo único que queda, lo que sobresale y se distingue, es la atención. La atención dirige el baile, dirige la intención, el motivo, el proceso y el fruto. Está consciente de si misma en un instante y sólo esto le da su existencia. Lo demás es el mundo de la energía. Esta fluidez la he vivido más que en fragmentos de milésimas de segundos de mi vida temporal.
De lograr una continuidad en tal fluidez, llegaría al propósito y el fin de la existencia humana. La fluidez existe también de muchas otras maneras, como es la música, la comunicación, la expresión verbal, oral, escrita, etc. En el conocimiento y el aprendizaje, en todo.
Mi vida se vuelve más fluida cada vez, como un arroyo que llega a un río más grande.
Colaboración de Julián Katari
México