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Mi penúltima derrota
Mi penúltima derrota

 

En las etapas cruciales de mi vida, he perdido miles batallas desde la infancia hasta la pre-senilidad. Hoy tengo 62 años, así dice el anagrama; pero bajo el aspecto psicofísico me siento 80 años. Durante mi infancia, un episodio marcó de manera indeleble la continuación del transcurso de mi vida.

Iniciaré de la escuela. Allí empezaron los problemas que para un niño eran insoportables; con mayor razón porque no pedí ayuda a mi familia. Cuando me encaminaba hacia la escuela era un infierno, tenía que soportar todas las bromas a veces pesadas, los insultos y groserías, me habían tomado de mira; era para los demás muchachos su divertimiento favorito.

Llegó a ser un suplicio de Tántalo que gota a gota y día tras día eran iguales. Con el miedo que tenía de encontrarme con los alumnos de mi escuela, empecé a buscar soluciones para taponar esa pérdida de energías psicofísicas a que estaba sometido. Inicialmente me convertí en un pequeño estratega y en vez de jugar, relajarme y hacer mis tareas, toda mi atención, mi concentración y mi capacidad de aprendizaje, venia dispersa por la figura de estratega que había tomado.

Me pasaban las horas haciendo planes para mi incolumidad; evitando cada día el recorrido habitual, con vías alternativas; esta estratagema me obligaba a salir más temprano para ganar tiempo por los nuevos recorridos. Inicialmente esta solución estaba funcionando, en detrimento de pérdidas energéticas; pero después de un poco de tiempo, mis enemigos descubrieron el truco y empezó nuevamente ese estilicidio que era la repetición del anterior.

Mi capacidad de aguante se estaba agotando, empecé a odiar a mis enemigos(para mí era una guerra que estaba por iniciar) hasta que un día la rabia me armó de coraje y enfrenté a varios muchachos, los más atrevidos, toda la rebelión de mis heridas de mi alma me llevaron a enfrentarlos con toda mi rabia. Aguanté al primero que se acercó y con todas mis fuerzas lo estaba estrangulando, sus amigos para defenderlo, me daban patadas en las costillas, el dolor que sentía aumentaba la fuerza de mi brazo sobre su cuello.

Cuando lo dejé exhausto, fue una sonora victoria; desde ese momento mi vida empezó a ser más soportable, pero aún mi problema inicial no me daba aliento, más bien crecía mi tormento. ¿Cómo podía ser un muchacho sereno por lo que había pasado en mi niñez? Si hubiese hablado de mi problema con mi familia, con la ayuda psicológica habría cambiado el rumbo de mi vida, conquistando la serenidad y felicidad que cada niño merece vivir.

Pasaba el tiempo y mi comportamiento irracional y antisocial crecía desmedido, empecé con pequeños actos vandálicos; mi único y verdadero amigo viendo que mi comportamiento estaba tomando un camino peligroso, se prodigó con miles consejos, pero yo continuaba impertérrito por mi camino. Él era un muchacho maduro y sabía lo que quería de la vida: su total esfuerzo para sobresalir con sus estudios, era pragmático y pasó por miles dificultades y renuncias hasta alcanzar su meta. Hoy lo considero la persona más importante de mi vida, lo admiro profundamente, y aunque la distancia nos separa, es un gran honor y orgullo poderlo llamar mi amigo.

Mi vida continuaba por un paso errado que me llevó a conocer la cárcel. Empecé a beber de modo exagerado, lo que me hacía comportarme a mi edad como un pequeño alcoholizado (hoy tomo solo agua). Desde los 16 años hasta los 22 me bebí el rio Orinoco; esta inmensa cantidad de alcohol producía en mí un comportamiento patológico, atacando a todo lo que se interponía en mi camino.

Comencé a frecuentar prostíbulos, aún no tenía la licencia de conducir, no había cumplido la mayoría edad, así que me acercaba con el autobús hacia el prostíbulo llegando temprano, casi a la misma hora en que llegaban las prostitutas en taxi, y me dejaban entrar furtivamente. Ya todas me conocían porque por la noche estaba prohibido a los menores de edad. Mi frecuencia se hacía muy asidua; cayendo un par de veces en enfermedades venéreas (ese maldito gonococo).

Cumplidos mis 18 años, me apresuré a sacar mi licencia de conducir, me parecía de tocar el cielo con un dedo por lo feliz que me sentía, fue tanta mi insistencia que logré convencer a mi madre de que me comprase un automóvil. No fue una buena idea, tuve una suerte infinita, más de una vez estuve en peligro mortal con el riesgo de comprometer seriamente la vida de los otros chóferes porque el ron y el automóvil son incompatibles.

En el año 1972 se murió nuestro padre, se pasaba fumando y bebiendo, tenía 51 años. Caí en una depresión tremenda, yo admiraba y quería a mi padre a pesar de sus debilidades. Cuando llegó en parte la resignación por su muerte, yo continuaba viviendo sin reglas ni medidas, tanto que nuestra madre (tengo una hermana que me adora) decidió seguir el consejo de nuestro padre en la fase final de su enfermedad. Éste le había dicho: llévatelo para Italia, porque aquí le espera un entierro. Era la verdad.

Llegamos a Italia en 1974, me parecía vivir otra vida por el afecto que me demostraban mis familiares; todo esto por un lapso de tiempo, todo esto me distraía, hasta que empecé a cansarme de esta segunda patria. Cometí un par de veces los mismos errores, bajo la influencia del alcohol destruí un bar con una pelea interminable; fue gracias a una tía que era muy querida y considerada en su pueblo, que a pesar de mi comportamiento, convenció a varias personas de retirar la denuncia.

Pagué, o mejor dicho mi madre pagó por los daños causados, era una cifra enorme. Trascurrido un breve espacio de tiempo, pensaba que enloquecía, fue así que un día sin la bendición de mi madre por el terror que le estaba causando, regresé a Venezuela, mi querida tierra natal.

Esta vez juré que habría hecho todo lo necesario para cambiar radicalmente mi modo de vivir, me estaba acostumbrando a vivir con mis fantasmas interiores, comencé a crecer como hombre y cuando me parecía de estar alcanzando un poco de tranquilidad y seguridad en mi entorno; mi familia llorando me exhortó para que regresara a Italia. Me hicieron notar que finalmente había crecido como hombre, esto dio mucho aliento a mi familia y era de buen auspicio para el futuro.

Un día me armé de coraje (eran momentos que estaba haciendo un balance de mi vida) y hablé claramente, quise dar una explicación racional de mi comportamiento pasado, desvelando lo que era mi secreto tumbal. Esta revelación me dio un poco de alivio, recibiendo todo el amor que antes no había pedido. Me resigné a quedarme en Italia. Comencé a trabajar intensamente; di el máximo de mí, era como si quisiera auto castigarme por los errores cometidos.

Hoy con toda seguridad puedo afirmar que este modo de vivir fue la génesis de lo que me sucedió en mi infancia. Mi vida en Italia era solo casa y trabajo, no tenía vida social en el pueblo donde vivía; hasta que un día conocí el verdadero amor. Se trataba de la hija de nuestros vecinos.

Con mi multitud de complejos, era una faena establecer una amistad, no sabía cómo tratar a una señorita, mis experiencias amorosas se concluían en un escuálido prostíbulo; pero un día me armé de tanto coraje que empecé a cortejarla, hasta que la hice mi esposa. Me dio un hijo que amo con todas mis fuerzas.

Nuestro matrimonio proseguía en total armonía, en unos de esos días se murió nuestra madre, fue otro pedazo de corazón que se desgarró, después todo trascurría serenamente, hasta que un día, un responso funesto del hospital donde mi esposa estaba haciendo un chequeo, reveló que le quedaba poco tiempo de vida. Tenía apenas 51 años y una terrible enfermedad se la llevó de nuestras vidas.

Se murió en febrero de este año. Dios no le dio la oportunidad de conocer a su nieta que nacerá en los primeros días de diciembre, es una bendición del cielo, vivir esos momentos efímeros de felicidad para mí; porque con dificultades enormes no logro resignarme a la ausencia de mi esposa que era todo para mí.

Estoy derrotado por las miles batallas que combatí en el trascurso de mi vida (no tengo la paciencia de Job). Estoy cansado por los achaques fruto de mi vida dispendiosa e irregular, han minado mi alma y mi corazón, me quedé completamente sin fuerzas y cuando se presente una nueva batalla, perderé la guerra. De todos modos confieso que he vivido; pero no fue fácil, por las turbulencias que no me dieron tregua en mi camino.

 

Colaboración de EL zuliano
Venezuela

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Mensaje al autor. . .

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