Una vez me enamoré perdidamente, se dice que el primer amor jamás se olvida, y ahora sé que el primer amor te lleva a experimentar las emociones más altas, y las más bajas también; pero sobre todo, uno aprende que vive en un mundo falso, que el amor y la vida no es ese conjunto de estereotipos que nos marcan las películas, ni los comerciales de televisión y todo tipo de publicidad superficial.
Mientras mi amor por esa persona iba creciendo más y más, yo me sentía con más vida, más ánimo; mi mundo era de color de rosa, y puse en esa persona más fe que en mí misma, porque yo creía en él; pero él ni siquiera creía en sí mismo.
Con el paso del tiempo los problemas fueron surgiendo, y con su forma de actuar me di cuenta de que no buscábamos lo mismo, él quería gobernarme, yo gobernar mi propio mundo, que nuestra relación fuera como un conjunto de engranajes que giraran y avanzaran juntos, dar vida a nuestra propia historia, donde los problemas fueran solo aprendizajes para ser más fuertes.
Sin embargo, él nunca lo vio de tal forma y tuve que dejar de creer en él para creer en mí misma, porque la vida es demasiado corta para creer en los demás y esperar que crean en nosotros. Lo que los demás opinen de nuestra persona no nos hace ser lo que somos, somos lo que creemos de nosotros mismos y si las personas no creen en nuestros sueños, los tomaremos con más fuerza, porque son nuestros.
Aprendí que para amar a alguien hay que amarse primero a uno mismo, y creer en lo importantes que somos, tener sueños y esperar algo enorme de nuestra persona, de lo contrario, estaremos pensando siempre en qué momento la persona en la que pusimos toda nuestra fe nos va traicionar o a lastimar, como estar alerta todo el tiempo para el ataque, cuando somos nosotros quienes nos atacamos.
Colaboración de Vanneh
México
