Los muros del tiempo sólo son rotos por el traquetear del viento que todo lo acaricia a su paso, como queriendo transmitir un mensaje que a través de la montaña iba y venía y, es que cuando el viento bufa ensordecedoramente pareciera que quiere decirnos algo, por lo que, decidí continuar parado en lo más alto de la montaña de Árbol Redondo, en el obligatorio camino rumbo a la población del Municipio Boconó, en el estado de Trujillo, Venezuela, sintiendo la pureza de ese viento tan frío que taladra lo más íntimo del alma.
Con la mirada fija en la lejanía comencé a elucubrar reflexiones en voz alta, al recordar las memorias de mis días de infancia y pubertad, en la que por los tiempos que corrían, se caracterizaba por la inocencia de la edad, llena de inolvidables aventuras y travesuras que muchas veces ni tenían sentido, como en la que, deseábamos ser adultos, porque era sinónimo de libertad con poderes inaccesibles.
Que equivocados estábamos, a medida que crecemos y nos van cayendo los años nos damos cuenta que esa libertad no es tal, que la misma se esfuma, nos arrincona o simplemente se convierte en responsabilidades que van transformando la vida en los problemas cotidianos, a los cuales de una u otra manera vamos enfrentando para ir dándole los trazos al dibujo que requiere la dinámica de la existencia.
Con más fuerza de la natural el viento continuaba soplando y el frío típico de una montaña de los andes venezolanos comenzaba a penetrar en mis huesos invadiéndome por completo, sin embargo; no como para paralizarme y mucho menos para ir a congelar mis reflexiones, por lo que proseguí en ese viaje por el tiempo, rememorando momentos en que la edad se vuelve inclemente, carcomiendo en muchas ocasiones la salud, el bienestar y hasta la tranquilidad, mermas irreparables, muchos deslices y caídas, pero; también delineando sonrisas, alegrías y gratos instantes que nos enseñan el verdadero valor de la vida.
El transcurrir del inexorable iba pasando, sin darme cuenta había dejado al niño a las espaldas, sin marcha atrás esa inocencia se había desvanecido. Había dejado al impúber atrás, muchas cosas habían cambiado en mí, hasta la mirada y la percepción que tenemos sobre la vida. Fue entonces; el preciso momento que comencé la búsqueda del amor, me vi enamorado algunas veces, hice vida enamorado, conocí la felicidad y la decepción, de hecho las viví y pensé que no podría sobrevivir y que no me enamoraría jamás, pero descubrí que nadie tiene decisión sobre eso, confieso que uno vive enamorado toda su vida, que el amor no se reduce a amar a tu pareja, ¡No!, el amor se resume a uno mismo, el amor está presente en la familia, en los hijos y en los amigos, en sólo aquellos que en verdad lo son o lo eran, que muchas veces nos levantaron el piso, llorando y riendo al unísono.
Así he pasado mucho tiempo conociendo a personas, jamás me culpé por eso, pues existe una máxima de la vida que dice “Conoceremos a mil y una personas a las cuales podremos amar o lastimar”. Después de ello me volví a enamorar, pues aprendí que cada segundo te enamoras de mil formas de todo aquello que forma parte de tu vida, aprendí a discernir lo que es y lo que no es tuyo, pues no existe luz si no existiese la oscuridad.
Mi corazón late más fuerte, parece que se escapara de mi pecho produciéndose un cambio en mi interior, una sensación de paz y serenidad acompañan ahora mis reflexiones, como una autodefensa otorgada por el Todopoderoso para subsistir y seguir en pie en las interminables batallas que la vida suele presentarnos y, entonces; llegó el momento de continuar mi viaje, muy a pesar del viento ensordecedor y frío y del chaparrón de agua que caudalosamente comenzaba a caer, como de igual manera en mi retrospectiva empezaba una lluvia de reflexiones, comprensibles o no, pero al final míos y sólo míos por alguna razón natural…
Las recompensas llegan y comienzan a vivirse nuevos ciclos, debemos sonreír por cada respiro que demos al amanecer de un nuevo día, por cada palabra, por todo acontecimiento y por todo aquello que quede plasmado para la eternidad, como un regalo de Dios que nos permita apreciar cada momento como algo que no volverá jamás. Pero el tiempo suele engañar, no hay tiempo perdido, simplemente nos hemos tardado un poco. Es una unión de amor que persiste por los siglos: la unión de dos personas.
Encontrarla es muy difícil, pero sus razones son recompensadas cuando sientes lo que tu cuerpo quiere sentir, cuando sueñas lo que tu mente quiere soñar y cuando vives todo aquello que sólo tú que conoces tu alma pueda saciar el dolor. Ofrece todo lo bueno de ti, sin mentiras, sin traición. Sólo ofrece amor. Tal vez esa persona ya está contigo, porque tú lo decidiste, porque lo sientes de alguna forma. Nunca supongas nada porque todo ya está escrito. No te olvides de lo principal, los valores espirituales, la oración, la familia, los amigos… ¡los tesoros del alma!
Colaboración de Ramón Morillo
Venezuela