Esa mañana llegó un poco gris, un poco fría, un poco ausente. Tan sólo traía con sí la compañía de esas gotitas que acostumbran a mojar las ciudades felices, esas que con su arribo nos hacen desear el calor de un café rendido con dos cucharaditas de azúcar, y el humo de un blond bien cargado.
Esa mañana llegó con el deseo de calentar tus pies, bajo las cobijas impregnadas con nuestro aroma corporal, ese que solo se adhiere después de dormir varias noches en cucharita, o mejor aún, el que se adquiere después de varias noches en vela.
Esa mañana llegó con olor de olvido, sabor a dolor y unas lagrimitas de sobremesa, esas mismas lagrimitas que sigo bebiendo cada vez que recuerdo que te fuiste con esa hermosa mañana.
